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El Magistrado

Edouard

Poeta adicto al portal
La copa de helado copo de nieve, llena a rebosar de cerveza negra, es apurada entre los labios gruesos del gordo magistrado pecador. Hundido en un sillón de terciopelo, escucha, solo y pensativo, el silbido siniestro del haz astral de un basilisco indemne y glorioso. Entonces, mueve su testa de musgoso pelo lacio. Y se levanta para abrir la ventana de estandarte medieval. Observa atónito cómo, en la profundidad sin fundamento metafísico de la noche, la gendarmería viciosa apalea con porras negras a un vagabundo desdentado. Cierra los ojos. Y se avergüenza de las leyes civiles. Que tanto poder tenían antaño sobre el corazón palpitante de su espíritu ahora rencoroso. Mientras, un frío cortante pronuncia la escarcha de su boca. Aún manchada por el elixir alcohólico de cebada. Cierra las contras y se pone el pijama a rayas de un preso prematuro. Se mete en la cama. Pero, una voz delicada perfora tenue sus oídos. Para hacerle recordar que tiene que defender el sagrado derecho de expresión popular. Pero, el magistrado, aterrorizado, se levanta y sale a la calle para cumplir su último y decadente deseo. Unirse al vagabundo para ser vapuleado por la mafiosa canalla de la vil policía.
 
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