Megara900
Poeta que considera el portal su segunda casa
Lucila es una chica de ciudad. No es ejecutiva, ni tiene un gran sueldo. En efecto, podría decirse que es bastante pobre, casi al grado de la miseria. De no ser por su puesto como mesera en el “Bar del Siete Mares”, y por la gran generosidad de su madre, le sería imposible procurarse el alquiler mensual de un cuartucho en la colonia Mirasoles. Más que para vivir, esas angostas paredes le sirven a Lucila y a su hijo para sortear el frío y la amenaza de la noche.
Una cama sucia y despellejada luce al fondo del cuarto. Al frente puede observarse una frágil mesa sosteniendo un microondas obsequiado por su madre. Enseguida, hay un banco roído de madera junto a una caja de cartón, usada a veces, como comedor improvisado. Solía tener un frigobar, que vendió el año pasado por necesidad. Ahora ese espacio lo ocupan las escasas prendas de ropa con las que cuentan Lucila y su hijo Mauricio.
Mauricio cuenta apenas con cinco años, sus únicos camioncitos de juguete quedan desgastados al final del día, igual que él, en cualquier lugar del cuarto. Dormir es todo un lujo para Mauricio, tener unos trozos de comida en el estómago antes de acostarse es algo que él desconoce desde siempre. En la casa no hay lugar para guardar comida o provisiones, porque no las hay. De vez en cuando pueden observarse una bolsa de papitas, unas sobras de comida o una que otra coca cola. En cambio, siempre hay excesivas botellas de alcohol y cajetillas de cigarros desperdigadas en la pequeña estancia, provenientes a veces de Lucila, y otras tantas, de los amigos que asisten a sus continuas parrandas.
Nunca se ha sabido mucho sobre el padre de Mauricio, Lucila afirma que se trata de Juan, uno de sus primeros novios de la época en que aún estudiaba secundaria. Su amor, y las tardes de pasión prematura en la casa de Juan, rindieron sus frutos.
Sin embargo, no hubo una boda forzosa ni vestido blanco como en las telenovelas. Juan desapareció incluso antes de que naciera Mauricio. Aunque intentaron vivir juntos un tiempo, la inmadurez de sus mentes adolescentes les impidió ver más allá del orgullo propio y persistir, por aquello que los dos engendraron con el mismo ahínco y desenfreno.
Lucila solía tener un mejor empleo. En sus inicios trabajó en una farmacia y hasta en una oficina como secretaria, era muy rápida con el teclado. Siempre fue muy delgada, y su piel tan blanquecina que las venas se transparentaban a través de su piel. Cuando vi su rostro ayer en los noticieros me fue difícil creer que tuviera menos de treinta años. Luce tan devastada y enferma. Tan inconsciente e inhumana como aquellos prisioneros que en su locura, jamás logran reconocer el motivo por el que se les culpa.
Está llorando frente a la cámara, su dolor parece inmensurable. Tiene en sus manos una foto de Mauricio, quien desde el viernes, no ha ido a dormir a la casa. Lucila ha hecho la denuncia a la policía y le han dicho que necesita esperar 24 horas para considerarle como desaparecido.
Alguien ha dicho que lo vio jugando sólo en el parque de la colonia, con su uniforme del kínder. Era la rutina de Mauricio. Desde que salía del kínder, a las once de la mañana, se iba al parque a pasar el tiempo. Cuando le daba hambre iba a la casa de algunos de sus compañeros, esperando la generosidad de sus madres. A veces un yogurth o un vaso de leche, a veces nada. Siempre regresaba a casa igual que Lucila, antes de las seis.
Lucila estaba cansada y de mal humor, lo único que la liberaba de aquello eran sus amigos. Entre ellos estaba “El Pepe”, lo más parecido a un novio que podía tener. Se divertían fumando, bebiendo, inhalando; montando funciones perversas y trágicas, ni siquiera aptas para un mayor de edad. Pepe era un hombre muy violento, no se conformaba con agredir a Lucila, sino que arremetía también sus frustraciones en contra de Mauricio.
El día de hoy, a las diez de la mañana, un transeúnte ha denunciado el cuerpo de un niño arrojado debajo de un puente. Es Mauricio.
Aún trae su suéter del kínder. Una escena siniestra rodea el lugar de su muerte. Tiene una abertura en el cráneo, y severos golpes en su rostro. Una cinta de lo que eran sus zapatos permanece atada con mordacidad a su cuello. No trae puestos sus pantalones, quién lo asesinó, también abusó sexualmente de él. Hay una piedra ensangrentada muy cerca de él, y además, un mensaje en la barda del puente que dice “El Pepe”, escrito con su sangre.
Los peritos permanecen consternados. Sobre el puente, un auto ha perdido el control por la severa llovizna que se ha dejado caer. Vuelca sobre unos matorrales allegados a la escena del crimen, y de entre ellos, un hombre ha salido corriendo. La policía lo detiene. Tiene manchas de sangre en su ropa y no trae ropa interior. Asimismo, se encuentra drogado. Su rostro muestra todo, menos un gesto de arrepentimiento.
No se trata de Pepe. Su nombre es Javier, un vecino de la colonia y amigo de Lucila. Un día antes de la desaparición de Mauricio, había ido con Lucila a cobrarle cien pesos que le debía. Lucila no tenía dinero, y tampoco aceptó sostener relaciones sexuales con él a cambio de su deuda. Su razón era justificada, pues en sus temporales romances adquirió el sida. Pero Javier no comprendió eso y el viernes que encontró a Mauricio jugando solo en el parque, lo engañó con una invitación a una fiesta y la promesa de dulces para cumplir con sus planes. En el camino, el niño se dio cuenta del engaño. Javier lo aventó y lo pateó, lo golpeó en el cráneo y quedó inconsciente. Ya en su casa, abusó de él y después, lo arrojó en los matorrales, cerca del puente. El día siguiente, se cambió de ropa y se fue a trabajar. Cuando terminó, se embriagó de nuevo y regresó a donde había abandonado a Mauricio, que aunque inconsciente y con una hendidura abierta en el cráneo, seguía con vida. Javier volvió a abusar de él, y finalmente, con una de las cintas de sus zapatos lo estranguló. Tomó su cuerpecito y lo dejó cerca del puente, lo remató con una piedra para asegurarse de que estaba muerto, y con la sangre del niño escribió sobre la barda el nombre del Pepe para que se le inculpara en el asesinato. Aún sin ver terminada su hazaña, se escondió en los matorrales para alimentarse del morbo y de su propia satisfacción al ver llegar a la gente asombrada y adolorida por el atroz hecho.
Mauricio está muerto, no importa si fue culpa de su ingenuidad, de Lucila, o de los policías que no aceptaron buscarlo hasta que pasaran 24 horas. A Javier le han dado 30 años de cárcel. Con ello, vivirá en la prisión mantenido con los impuestos que los ciudadanos pagamos.
La policía ha reformado la ley para buscar a los niños desaparecidos inmediatamente, sin esperar tanto tiempo. El estado se ha hecho cargo de los gastos del funeral de Mauricio. De su padre, ni siquiera se sabe con certeza si aún vive, se rumora que falleció en una balacera de hace unos meses.
El kínder donde estudiaba Mauricio está de luto, ha erigido un pequeño altar para su tragedia. Toda la comunidad viste de pena, los parques y las calles se ven vacíos, no como hace unas semanas, cuando se celebraba el Foro Internacional de las Culturas, tanta tecnología e información para nada.
Las empresas cerveceras siguen siendo el motor económico de la ciudad, y el narcotráfico continúa esparciendo su semilla siniestra por todos lados. Lo que sus productos hacen en una mente débil ha ido a parar sobre la vida de un inocente.
Descanse en paz Mauricio, que Dios lo guarde con todos sus ángeles.
Una cama sucia y despellejada luce al fondo del cuarto. Al frente puede observarse una frágil mesa sosteniendo un microondas obsequiado por su madre. Enseguida, hay un banco roído de madera junto a una caja de cartón, usada a veces, como comedor improvisado. Solía tener un frigobar, que vendió el año pasado por necesidad. Ahora ese espacio lo ocupan las escasas prendas de ropa con las que cuentan Lucila y su hijo Mauricio.
Mauricio cuenta apenas con cinco años, sus únicos camioncitos de juguete quedan desgastados al final del día, igual que él, en cualquier lugar del cuarto. Dormir es todo un lujo para Mauricio, tener unos trozos de comida en el estómago antes de acostarse es algo que él desconoce desde siempre. En la casa no hay lugar para guardar comida o provisiones, porque no las hay. De vez en cuando pueden observarse una bolsa de papitas, unas sobras de comida o una que otra coca cola. En cambio, siempre hay excesivas botellas de alcohol y cajetillas de cigarros desperdigadas en la pequeña estancia, provenientes a veces de Lucila, y otras tantas, de los amigos que asisten a sus continuas parrandas.
Nunca se ha sabido mucho sobre el padre de Mauricio, Lucila afirma que se trata de Juan, uno de sus primeros novios de la época en que aún estudiaba secundaria. Su amor, y las tardes de pasión prematura en la casa de Juan, rindieron sus frutos.
Sin embargo, no hubo una boda forzosa ni vestido blanco como en las telenovelas. Juan desapareció incluso antes de que naciera Mauricio. Aunque intentaron vivir juntos un tiempo, la inmadurez de sus mentes adolescentes les impidió ver más allá del orgullo propio y persistir, por aquello que los dos engendraron con el mismo ahínco y desenfreno.
Lucila solía tener un mejor empleo. En sus inicios trabajó en una farmacia y hasta en una oficina como secretaria, era muy rápida con el teclado. Siempre fue muy delgada, y su piel tan blanquecina que las venas se transparentaban a través de su piel. Cuando vi su rostro ayer en los noticieros me fue difícil creer que tuviera menos de treinta años. Luce tan devastada y enferma. Tan inconsciente e inhumana como aquellos prisioneros que en su locura, jamás logran reconocer el motivo por el que se les culpa.
Está llorando frente a la cámara, su dolor parece inmensurable. Tiene en sus manos una foto de Mauricio, quien desde el viernes, no ha ido a dormir a la casa. Lucila ha hecho la denuncia a la policía y le han dicho que necesita esperar 24 horas para considerarle como desaparecido.
Alguien ha dicho que lo vio jugando sólo en el parque de la colonia, con su uniforme del kínder. Era la rutina de Mauricio. Desde que salía del kínder, a las once de la mañana, se iba al parque a pasar el tiempo. Cuando le daba hambre iba a la casa de algunos de sus compañeros, esperando la generosidad de sus madres. A veces un yogurth o un vaso de leche, a veces nada. Siempre regresaba a casa igual que Lucila, antes de las seis.
Lucila estaba cansada y de mal humor, lo único que la liberaba de aquello eran sus amigos. Entre ellos estaba “El Pepe”, lo más parecido a un novio que podía tener. Se divertían fumando, bebiendo, inhalando; montando funciones perversas y trágicas, ni siquiera aptas para un mayor de edad. Pepe era un hombre muy violento, no se conformaba con agredir a Lucila, sino que arremetía también sus frustraciones en contra de Mauricio.
El día de hoy, a las diez de la mañana, un transeúnte ha denunciado el cuerpo de un niño arrojado debajo de un puente. Es Mauricio.
Aún trae su suéter del kínder. Una escena siniestra rodea el lugar de su muerte. Tiene una abertura en el cráneo, y severos golpes en su rostro. Una cinta de lo que eran sus zapatos permanece atada con mordacidad a su cuello. No trae puestos sus pantalones, quién lo asesinó, también abusó sexualmente de él. Hay una piedra ensangrentada muy cerca de él, y además, un mensaje en la barda del puente que dice “El Pepe”, escrito con su sangre.
Los peritos permanecen consternados. Sobre el puente, un auto ha perdido el control por la severa llovizna que se ha dejado caer. Vuelca sobre unos matorrales allegados a la escena del crimen, y de entre ellos, un hombre ha salido corriendo. La policía lo detiene. Tiene manchas de sangre en su ropa y no trae ropa interior. Asimismo, se encuentra drogado. Su rostro muestra todo, menos un gesto de arrepentimiento.
No se trata de Pepe. Su nombre es Javier, un vecino de la colonia y amigo de Lucila. Un día antes de la desaparición de Mauricio, había ido con Lucila a cobrarle cien pesos que le debía. Lucila no tenía dinero, y tampoco aceptó sostener relaciones sexuales con él a cambio de su deuda. Su razón era justificada, pues en sus temporales romances adquirió el sida. Pero Javier no comprendió eso y el viernes que encontró a Mauricio jugando solo en el parque, lo engañó con una invitación a una fiesta y la promesa de dulces para cumplir con sus planes. En el camino, el niño se dio cuenta del engaño. Javier lo aventó y lo pateó, lo golpeó en el cráneo y quedó inconsciente. Ya en su casa, abusó de él y después, lo arrojó en los matorrales, cerca del puente. El día siguiente, se cambió de ropa y se fue a trabajar. Cuando terminó, se embriagó de nuevo y regresó a donde había abandonado a Mauricio, que aunque inconsciente y con una hendidura abierta en el cráneo, seguía con vida. Javier volvió a abusar de él, y finalmente, con una de las cintas de sus zapatos lo estranguló. Tomó su cuerpecito y lo dejó cerca del puente, lo remató con una piedra para asegurarse de que estaba muerto, y con la sangre del niño escribió sobre la barda el nombre del Pepe para que se le inculpara en el asesinato. Aún sin ver terminada su hazaña, se escondió en los matorrales para alimentarse del morbo y de su propia satisfacción al ver llegar a la gente asombrada y adolorida por el atroz hecho.
Mauricio está muerto, no importa si fue culpa de su ingenuidad, de Lucila, o de los policías que no aceptaron buscarlo hasta que pasaran 24 horas. A Javier le han dado 30 años de cárcel. Con ello, vivirá en la prisión mantenido con los impuestos que los ciudadanos pagamos.
La policía ha reformado la ley para buscar a los niños desaparecidos inmediatamente, sin esperar tanto tiempo. El estado se ha hecho cargo de los gastos del funeral de Mauricio. De su padre, ni siquiera se sabe con certeza si aún vive, se rumora que falleció en una balacera de hace unos meses.
El kínder donde estudiaba Mauricio está de luto, ha erigido un pequeño altar para su tragedia. Toda la comunidad viste de pena, los parques y las calles se ven vacíos, no como hace unas semanas, cuando se celebraba el Foro Internacional de las Culturas, tanta tecnología e información para nada.
Las empresas cerveceras siguen siendo el motor económico de la ciudad, y el narcotráfico continúa esparciendo su semilla siniestra por todos lados. Lo que sus productos hacen en una mente débil ha ido a parar sobre la vida de un inocente.
Descanse en paz Mauricio, que Dios lo guarde con todos sus ángeles.