Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Hay un reloj que crece en el jardín,
sus raíces son agujas que perforan el tiempo. Las horas caen como frutas podridas, y yo, descalzo, camino sobre los segundos quebrados.
El aire huele a tinta y a memoria,
a algo que no fue pero pudo ser.
Las palabras se enredan en los árboles, formando nidos de letras que nunca aprendieron a volar.
¿Qué dice el viento cuando sopla al revés?
¿Qué nombre tiene el color del olvido?
Pregunto, pero las respuestas se esconden en los pliegues de un mapa que nadie ha dibujado.
Hay un espejo en el centro del jardín, pero no refleja nada.
O tal vez refleja todo, y somos nosotros los que hemos dejado de existir.
Las flores hablan en un idioma que no entiendo, sus pétalos son labios que murmuran secretos geométricos.
Me inclino para escuchar,
pero solo oigo el eco de mi propia sombra.
El jardín es un laberinto de instantes rotos, un rompecabezas de tiempo y silencio.
Y yo, aquí, perdido entre sus senderos, buscando una salida que no existe.
sus raíces son agujas que perforan el tiempo. Las horas caen como frutas podridas, y yo, descalzo, camino sobre los segundos quebrados.
El aire huele a tinta y a memoria,
a algo que no fue pero pudo ser.
Las palabras se enredan en los árboles, formando nidos de letras que nunca aprendieron a volar.
¿Qué dice el viento cuando sopla al revés?
¿Qué nombre tiene el color del olvido?
Pregunto, pero las respuestas se esconden en los pliegues de un mapa que nadie ha dibujado.
Hay un espejo en el centro del jardín, pero no refleja nada.
O tal vez refleja todo, y somos nosotros los que hemos dejado de existir.
Las flores hablan en un idioma que no entiendo, sus pétalos son labios que murmuran secretos geométricos.
Me inclino para escuchar,
pero solo oigo el eco de mi propia sombra.
El jardín es un laberinto de instantes rotos, un rompecabezas de tiempo y silencio.
Y yo, aquí, perdido entre sus senderos, buscando una salida que no existe.