Salió de donde no estaba
de donde no había
empujando deprisa, además de tu cuerpo,
con su impulso tu alegría.
Ignorabas que pretendía.
Solo valía lo que resplandecía la cuchilla que blandía.
Todo eran relámpagos de una velocidad infinita
hasta que se juntaron la piel de tu cuello
con la metálica locura que esgrimía
Entonces todo fue lento.
Una sorda explosión aglutinó todo lo que había sido orden.
Los pensamientos se agolpaban a cada bombeo arterial
hinchándote la cabeza.
El temor tomó el control prestando solo atención
al filo brillante del que pendía silenciosa e inmóvil tu vida.
Todo se desprestigió, ¡Que poco valías!.
El pegaba sapos y culebras en tu oreja que desde su interior brotaban.
Tú cerrabas los ojos pero las lágrimas manaban.
Con ellas él regaba su superioridad enana.
Tras ellas tú te atrincherabas.
Para que decir locura
si es una palabra escasa
si ni por asomo abarca
tanta ausencia de cordura.
No solo rasgó con tu blusa
la poca decencia que le quedaba
también de bruces dio con la intrusa
esperanza a la que te asías.
Sabías que te saqueaba
fijas los ojos a un punto neutro
por que todo tu cuerpo temblaba.
una colilla, una ventana, un vaso roto.
Pero con cada invasión un alarido
y a cada estertor
más ceniza la colilla
más oscuras las vistas
más ariscas las aristas.
de donde no había
empujando deprisa, además de tu cuerpo,
con su impulso tu alegría.
Ignorabas que pretendía.
Solo valía lo que resplandecía la cuchilla que blandía.
Todo eran relámpagos de una velocidad infinita
hasta que se juntaron la piel de tu cuello
con la metálica locura que esgrimía
Entonces todo fue lento.
Una sorda explosión aglutinó todo lo que había sido orden.
Los pensamientos se agolpaban a cada bombeo arterial
hinchándote la cabeza.
El temor tomó el control prestando solo atención
al filo brillante del que pendía silenciosa e inmóvil tu vida.
Todo se desprestigió, ¡Que poco valías!.
El pegaba sapos y culebras en tu oreja que desde su interior brotaban.
Tú cerrabas los ojos pero las lágrimas manaban.
Con ellas él regaba su superioridad enana.
Tras ellas tú te atrincherabas.
Para que decir locura
si es una palabra escasa
si ni por asomo abarca
tanta ausencia de cordura.
No solo rasgó con tu blusa
la poca decencia que le quedaba
también de bruces dio con la intrusa
esperanza a la que te asías.
Sabías que te saqueaba
fijas los ojos a un punto neutro
por que todo tu cuerpo temblaba.
una colilla, una ventana, un vaso roto.
Pero con cada invasión un alarido
y a cada estertor
más ceniza la colilla
más oscuras las vistas
más ariscas las aristas.