Un pordiosero amante de levita rasgada contempla la grisácea alborada de una infinita mañana de maldad trashumante. Está esperando la caricia eterna de la brisa. Apaciguadora de tormentos tornasolados. Su pecho, henchido con el aire candente de un mes de junio, palpita por el amor hacia la ausencia de la figura griega. Que en vivaz movimiento grácil irá a su encuentro para darle un sepulcral beso de hiel. Él lo sabe. Mas sus ansias de fusión nuclear con un corazón maligno le hipnotizan. Cual ojos rasgados de cobra erguida en canasto de mimbre entreabierto. Cuando los cielos se empañan, hace aparición sobrenatural el dios de los muertos. Y con sentencia lúgubre, le dictamina en un exiguo examen de conciencia la muerte de su enigmático ídolo de trascendente dimensión imantada. Entonces, él, compungido y lloroso, va frenético hacia el barranco de ásperos deseos suicidas. Pero, ¡ay!, la noche se ha abierto en una cascada de estrellas benefactoras. Y la imagen de su deseo que creía moribundo lo ilumina con un rayo atronador. Que lo pulveriza en un solo instante.