Como un témpano de hielo, aquella faz malévola se presentaba en sociedad londinense frente a las harapientas matronas de anchas caderas y pronunciados pechos de silicona. Tras haber ingerido quince vasos de vino tinto, sus ojos se volvieron fuego de demente. Y fue entonces cuando empezó a parlotear con las bellas doncellas de cabello castaño. No con el fin de seducirlas. Sino con el plan de provocarles una tara metafísica en sus mentes espontáneas de criaturas llevadas por la mano benévola de Dios. Sin embargo, una sentía asco ante repugnante sujeto. Él se dio cuenta y, como el relámpago, se vaporizó frente a ella como el licor espumoso de la noche eterna; que caía en inmemorial nombre de eco sublime. La intentó enganchar a su cuerpo con sus pálidas manos. Pero la mujer, intuitiva e inteligente en grado sumo, lo desasió de su vera. Hablándole con un susurro ominoso que hizo el efecto trascendente de demudar el rostro del indeseable en agua negra de borrajas.