De los sarmientos carentes de uvas frescas, un fresco olor a invierno penetra por mi nariz aguileña. Mientras el ocaso del sol anuncia la venida gloriosa de la archiduquesa luna completa, camino por el paraje de blasfemos robles. Cuyos nudosos troncos sangran savia maldita de anocheceres apagados y sin estrellas. Es entonces cuando me envuelvo en la esfera irreflexiva del hastío. A la espera de que penetre por mis oídos el agudo tañido de una campana lejana. Remota y díscola. Tal vez de una iglesia en ruinas y con aura de fuerza oscurantista y medieval. Pero no llega. Entonces, furioso y entristecido a la vez, me gobierna el alma mía el espíritu de un difunto. Y sin más remedio, enciendo una hoguera para, una vez desnudo y tiritando de gélido frío, achicharrar el cuerpo de mi amor impuro.