Cuentista
Silencio, un cuento.
EL HIJO DORMIDO
El dolor me abrasa, devorando un daño que no pasa,
señor de la tristeza de extraña dureza
profeta oculto en la bruma de mis ojos
escondido en besos calcinados de abrojos
¡Mi vida, por mi hijo!
Aquel que yo perdí forjando mi alma baladí.
Dueño de la muerte que aguardas inerte
ven a mí... y bebe...
opaco nocturno amo de la sepultura
criatura infesta de lágrimas despiadadas...
ahora, tan solo olvidadas
¡Mi hijo, por mi vida!
Sombra del aliento... ¡Hiriente lamento!
Me arrancaste la cordura,
cuervo tácito que surcas en nimba oscura
muerte, parca, bandida, devuélvele la vida
a aquel que te llevaste desangrando mi alegría.
Cántico de huesos de horrorosa melodía
es mi inocencia perdida la que ofrezco, por su huida
oráculo del tiempo que vives en la muerte
¿Hay gozo que pueda complacerte?
Cala en mí levándote hacia el limbo
y libra del sueño eternal a aquel que me hizo llorar,
olvida la arena de su tumba, lo impetra... un alma moribunda
destierra de tu reino al hijo que tuve
y entiérrame en tus brazos de umbrosas tinieblas.
Tu silencio poderoso lacera mi lánguida espera
y en grises cenizas se esfuman tupidas
estas lágrimas que impávidas lloran,
osada muerte de templo funesto, yo suplico... por tenerte
despierta a mi fruto dormido aquel que fue tan querido
mi soplo, mi aire... ¡Mi hijo!
Que eclipse su nombre la herrumbre en losa de piedra maldita
y así el dolor se destruya... ¡Mi vida, por la suya!
“Cuentista” 2014
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