Grecia. La impoluta mansión celeste. Habitáculo regenerador de arquetipos divinos y heroicos. Donde el niño puro e inocente realiza cabriolas con los demonios de ultratumba. Mira cómo la luz radiante del sol quema los ojos del primer filósofo que osó proferir injurias sobre la veracidad existencial del todopoderoso Zeus tonante. Ahora, aquel camina entre tinieblas. En una noche que se ha vuelto refugio anímico dentro de su ser especulativo. Y mientras se devana los sesos por descubrir en sus mientes una plegaria que aplaque la furia sagrada del gran hijo del Alíseo - el portador del tirso y la yedra - su corazón palpita de espanto. Ante la llegada inminente de las ménades. Que con sus sombras sulfúreas lo han de enloquecer en un ya ocaso de glorioso pendón lunar. Pero no todo es desgracia para nuestro laberíntico pensador de ideas platónicas. Sabe que tras el dolor infinito se esconde la beatitud de un arrepentido apóstata. Que ahora sí cree en la llamarada ardiente que, en casas de mármol rosáceo, encendieron manes de vaporosa luz figurativa.