Aquel joven galán estaba destinado a versificados amoríos de dulzura perenne sin par. Vivía en un castillo de ópalo. Donde cada noche se quitaba su armadura de hierro para vestirse con traje ceñido de lino blanco e impoluto. Sus vasallos le agasajaban con las más bellas mujeres que raptaban de la claudicada, en espanto tenebrosa, comarca. Entre candelabros de oro donde ardían velas santas conmemoradas a la piedad divina, el galán observaba con meticuloso cuidado la perfección en los rasgos juveniles de las muchachas. Las cuales se hallaban hipnotizadas por el brillo mate de unos ojos cuyas pupilas destilaban incienso y opio. Entonces, se le presentó una mujer de furibunda mirada de cuervo y cabellos negros como la noche sin luna. Al momento quedó el hombre engatusado. Pidió a sus vasallos que era la elegida para pasar a su alcoba de fornicaciones. Cuando ya estaba allí, la mujer se desvistió y mostró todo su encanto de ceniciento y escultural talle mortuorio, quedando el caballero prendido en una hechicería que le haría, por soberbio, quedar esterilizado.
Última edición: