Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Empiezas por el fin;
con la mirada puesta sobre un cuerpo desde abajo
imaginas los ojos que aún no has visto,
la llave que aún no tienes,
la casa que aún no es tuya;
llegas inesperadamente a esa fiesta
a la que no fuiste invitado,
en la que no conoces a nadie, y sientes,
te sientes, algo extraño,
desubicado, sólo,
una lágrima sin más en el desierto
que parece la única letra descolgada
del rebaño, sin la voz
de ese pastor severo que reúne
a la oveja descarriada.
La letra del revés
es la pata de la silla sin asiento
que no logra descansar sobre la base
que anticipa la historia, llena
de fechas, de fotos, de adornos,
que con el tiempo pierden uso
y se desgastan.
Curiosamente el fin es el principio,
un deseo por saber antes que nadie
como continua el yo,
adónde van los pasos, las huellas,
y los dedos
que imaginaron ser el aire
que soñó la palabra
sin necesidad de victorias,
sin piedras productivas
llamadas al orden,
elevándose en los muros
que las alejen de la lluvia.
La visión del mundo
es una línea recta sin escollos,
donde lo difícil es
apartarse del camino,
mirarse a veces de otro modo,
de abajo a arriba y con modestia,
aprendiendo a desatar los nudos de las letras
y dejarlas sueltas, para que jueguen
descalzas por el parque como los niños,
entre las flores que no van a la escuela
y no son vengativas,
que no tienen aún miedo de llenarse de colores,
de olvidarse en la noche de sus sombras.
Última edición: