En el silencio plañidero de la noche férrea, un fantasmal hombre de sangre devoradora camina por el borde de los acantilados vertiginosos. Haciendo piruetas; mientras con una mano arrima a sus secos labios un vaso perfumado por el vino añejo. Que duerme con desmesura. Mientras la luna negra asoma por encima del faro salvador de los arriesgados navegantes. El percutir de las espumosas olas contra las rocas provoca un sereno trance en el aprendiz de suicida. El cual, acabada de un trago su miserable bebida, otea el abismo. Preparado para él como un infernal pecado capital. Se devana los sesos si lanzarse o dejar de hacer maniobras de estúpido funámbulo. Sin embargo, un sonido grave, proveniente del pequeño soto, lo despierta de su aletargado trance hipnótico. Y se prepara para ir hacia el faro. Una torre adusta pero manchada por las inclemencias del tiempo. Entra. Sube los escalones. Y se encuentra con un viejo barbudo. Quien, sacando una navaja gitana, se la hunde en un pómulo de su jeta de borracho declarado. Suelta la víctima un descomunal alarido. Mientras, su pendenciero agresor lo empuja escaleras abajo.