En una noche de incierta pesadumbre maldita, el frío hostiga las ventanas mudas de la casa encantada. Allí permaneció en cuarentena un hombre dominado por la funesta peste. Ahora su espíritu revolotea frágil por las habitaciones húmedas del soberbio caserón. No hay nadie en la comarca que se atreva a abrir con llave maestra la puerta que da a la alcoba donde el cuerpo del moribundo exhaló su último adiós de tenebrosa complacencia. Pues saben que en cuanto lo hagan un espíritu impuro los poseerá anímica. Y no los dejará en radiante paz hasta que en la lontananza del desvarío se sumerjan en las llamas opacas de la glacial hoguera. Por eso, esperan días y noches. Acurrucados a las afueras y embozados con abrigos de luto. Sólo quieren escuchar el calamitoso llanto de un espectro que se ha volatilizado, a medida que su energía evanescente desaparece entre las suaves caricias de un hogar donde nunca quiso cohabitar.