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El Espíritu

Edouard

Poeta adicto al portal
En una noche de incierta pesadumbre maldita, el frío hostiga las ventanas mudas de la casa encantada. Allí permaneció en cuarentena un hombre dominado por la funesta peste. Ahora su espíritu revolotea frágil por las habitaciones húmedas del soberbio caserón. No hay nadie en la comarca que se atreva a abrir con llave maestra la puerta que da a la alcoba donde el cuerpo del moribundo exhaló su último adiós de tenebrosa complacencia. Pues saben que en cuanto lo hagan un espíritu impuro los poseerá anímica. Y no los dejará en radiante paz hasta que en la lontananza del desvarío se sumerjan en las llamas opacas de la glacial hoguera. Por eso, esperan días y noches. Acurrucados a las afueras y embozados con abrigos de luto. Sólo quieren escuchar el calamitoso llanto de un espectro que se ha volatilizado, a medida que su energía evanescente desaparece entre las suaves caricias de un hogar donde nunca quiso cohabitar.
 
homo-adictus, el espíritu del ya difunto mortal estaba en una situación de enojosa congoja sobrenatural. Después de haberse desgajado de su cuerpo defenestrado por la peste lo único que quería era vengarse de cualquier aldeano que se atreviese a entrar en su mazmorra de caserón sangriento. Mutilando sus almas simples con posesiones infernales que ningún clérigo en su sano juicio se dignaría en arreglar. Por eso no entraban en su maldita habitación, donde una lumbre esperaría al incauto para ser arrojado a las infernales llamas crepitantes. Sólo preferían estar fuera, encapuchados de luto y escuchando el sollozo en sangría difuminada de un alma ya perdida a los ojos del Eterno. Atentamente Edouard.
 
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