En aquella nebulosa capilla de tiempos inmemoriales - ya caído el ocaso sanguinario de la noche - tenía el obispo nacional la venia de entrelazar en amor mutuo al príncipe del sol con la doncella de la luna. Cuando ya estaban frente al altar condecorado con blancos cirios chisporroteando sus llamas de lúgubre y pasajero tiempo fantasmal, un individuo de tez amarillenta, ojos verdes y chata nariz comenzó a vociferar como un energúmeno. Diciendo que el lazo sagrado que se fecundaría en ese mismo instante traería consecuencias nefastas a la comarca. Dos soldados que escoltaban la salida del templo se dirigieron hacia él y, cogiéndolo por los brazos, lo arrastraron hacia la intemperie. Donde ahora granizaba fuego sulfúreo. Quedando sus carnes magulladas y su vida casi a punto de expirar. Mientras, en el interior se oían las últimas carcajadas de un pueblo que veía en tal unión de noble hombre y montaraz mujer la remisión de sus males. Los ojos del Altísimo se posaron sobre las almas de los circunspectos y la gracia se derramó como una aljaba.