AlejandroCifuente
Poeta recién llegado
El hombre nuevo tiene arrugas de retórica en el ego colectivo,
en la celda inescrutable donde los pájaros disparan un silencio de nieve
como argonautas perdidos que desandan las olas de un lago luminoso
mientras las miradas trasatlánticas navegan el baldío de las constelaciones
como camellos sedientos, de cuerpos arrastrados por una eterna marea.
El niño de los ojos cancelados me habla con un extraño aliento,
con una mueca inexistente de futuros escondidos por debajo de la piel
como tránsito de veredas, de patios y de calles que aún habitan
los centinelas milagrosos de nuestra última vendimia.
Pero esta iniciación de bordes violentados por un caudal de rocas
descubre los harapos que se mudan detrás de la conciencia,
en el calidoscopio de nuestra realidad ultrajada por la noche.
Y esos vasos que gobiernan el vacío son el opio más presente de los pueblos,
el pasaje de la vida donde predican nuestras voces más ausentes,
el paso clandestino de una serenata de fatalidades.
Sin embargo, existen ciertas melodías que malgastan la garganta,
que atemperan los gatillos de una lejanía necesaria,
que contienen el Big Bang de un cuerpo intolerable
y deshacen las hojas deformadas de nuestra sinceridad.
en la celda inescrutable donde los pájaros disparan un silencio de nieve
como argonautas perdidos que desandan las olas de un lago luminoso
mientras las miradas trasatlánticas navegan el baldío de las constelaciones
como camellos sedientos, de cuerpos arrastrados por una eterna marea.
El niño de los ojos cancelados me habla con un extraño aliento,
con una mueca inexistente de futuros escondidos por debajo de la piel
como tránsito de veredas, de patios y de calles que aún habitan
los centinelas milagrosos de nuestra última vendimia.
Pero esta iniciación de bordes violentados por un caudal de rocas
descubre los harapos que se mudan detrás de la conciencia,
en el calidoscopio de nuestra realidad ultrajada por la noche.
Y esos vasos que gobiernan el vacío son el opio más presente de los pueblos,
el pasaje de la vida donde predican nuestras voces más ausentes,
el paso clandestino de una serenata de fatalidades.
Sin embargo, existen ciertas melodías que malgastan la garganta,
que atemperan los gatillos de una lejanía necesaria,
que contienen el Big Bang de un cuerpo intolerable
y deshacen las hojas deformadas de nuestra sinceridad.
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