Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
En el umbral sin forma del silencio,
donde no hay nombre ni sombra que persista,
una voz brota —no grita—,
es apenas un eco sin dueño.
No nace ni muere,
no busca ni huye,
sólo es.
Ni carne ni idea,
ni número ni fuego,
su esencia no cabe en conceptos
ni se ahoga en definiciones.
¿Quién lo invoca?
¿Quién lo escucha?
¿Quién soy yo, si no ese eco
que pregunta por sí mismo?
Camino en círculos de tiempo,
pisando huellas que no hice,
y en cada paso —¡oh misterio!—
el Ser me precede y me sigue.
No hay espejo que lo refleje,
ni palabra que lo encierre.
El Ser no se atrapa:
se habita.
Como el viento en los álamos,
como la brasa en el alma,
se deja sentir —no ver—,
y su eco me llama por dentro.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
donde no hay nombre ni sombra que persista,
una voz brota —no grita—,
es apenas un eco sin dueño.
No nace ni muere,
no busca ni huye,
sólo es.
Ni carne ni idea,
ni número ni fuego,
su esencia no cabe en conceptos
ni se ahoga en definiciones.
¿Quién lo invoca?
¿Quién lo escucha?
¿Quién soy yo, si no ese eco
que pregunta por sí mismo?
Camino en círculos de tiempo,
pisando huellas que no hice,
y en cada paso —¡oh misterio!—
el Ser me precede y me sigue.
No hay espejo que lo refleje,
ni palabra que lo encierre.
El Ser no se atrapa:
se habita.
Como el viento en los álamos,
como la brasa en el alma,
se deja sentir —no ver—,
y su eco me llama por dentro.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados