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El eco de los recuerdos

Anna Politkóvskaya

Poeta fiel al portal
I
La vanidad para los necios
de la estatua de mármol
y de las memorias de la impostura.
Porque son la vida de cada uno,
yo me quedo con los recuerdos
a los que cuido, no solo imágenes,
sino también voces, gritos,
largos silencios de otros días.
Ahora mismo, frente al mar,
estoy construyendo
detallados recuerdos
que en un futuro me traerán
emociones, cuerpos, bajeles,
libros, pero también
melancolía y desesperanza.

II
El miedo afila sus garras
y activa su mordisco
cuando le da por pensar
que al morir todo cuanto queda
son los recuerdos que se crean
en vida con los demás.
Experimenta, entonces,
una sensación de pánico
cuando lo real, esa realidad
tan pagada de sí misma,
se apodera de las cosas
que creía recordar
y les va dando su forma.
Lo más preciado se transforma
en un frágil castillo de arena
escurriéndose entre sus dedos,
en sucesos de hojas caducas
y recuerdos saqueados.
¿Será verdad que todo aquel
que recuerda se equivoca?

III
Admito los días postreros
por donde se pasean el tiempo
y la dulzura como una sola mano,
pero también los recuerdos
discurriendo por caminos
de piel ajada en un país
con cuchillos y con ojos
con los párpados atrozmente
levantados a la fuerza
que están mirando caras anegadas
en lágrimas y cómo el silencio y la noche
se van acumulando en las bocas.
Y si me preguntáis
dónde he estado,
sucede que escucho disparos,
sacudidos por respiraciones
y sollozos, y veo,
aunque tengo los ojos cerrados,
un agua turbia pasar
a través de los huesos.
Los recuerdos, a veces,
son lo mismo que heridas abiertas
gritando su dolor contra el olvido,
esa herrumbre que corroe
el rostro de la historia y sus culpables.

IV
El calor y la tranquilidad
de sus recuerdos -un abrigo
que lo protegía de lo que duele
por demasiado frío
en el presente-, se desvanecen.
La lluvia no los despierta,
pues ya no escucha su música
de gota tenaz acompasando
el ritmo de su pecho.
Es un jinete sin cabeza buscando
en vano las mil llaves
que abran otras tantas puertas,
extraviadas definitivamente
por sus venas estériles.
Pasan, con su luz inútil,
las estaciones sin rumbo
y pasa también su sombra,
que los años y el viento
han anclado en los muros
como un grafiti descolorido.
Y, aunque el mar sigue
moviéndose con su vaivén de olas,
ha dejado de soñar, porque todo lo borra.
 
Última edición:
I
La vanidad para los necios
de la estatua de mármol
y de las memorias de la impostura.
Porque son la vida de cada uno,
yo me quedo con los recuerdos
a los que cuido, no solo imágenes,
sino también voces, gritos,
largos silencios de otros días.
Ahora mismo, frente al mar,
estoy construyendo
detallados recuerdos
que en un futuro me traerán
emociones, cuerpos, bajeles,
libros, pero también
melancolía y desesperanza.

II
El miedo afila sus garras
y activa su mordisco
cuando me da por pensar
que al morir todo cuanto queda
son los recuerdos que se crean
en vida con los demás.
Experimento, entonces,
una sensación de pánico
cuando lo real, esa realidad
tan pagada de sí misma,
se apodera de las cosas
que yo creía recordar
y les va dando su forma.
Lo más preciado se transforma
en un frágil castillo de arena
escurriéndose entre mis dedos,
en sucesos de hojas caducas
y recuerdos saqueados.
¿Será verdad que todo aquel
que recuerda se equivoca?

III
Admito los días postreros
por donde se pasean el tiempo
y la dulzura como una sola mano,
pero también los recuerdos
discurriendo por caminos
de piel ajada en un país
con cuchillos y con ojos
con los párpados atrozmente
levantados a la fuerza
que están mirando caras anegadas
en lágrimas y cómo el silencio y la noche
se van acumulando en las bocas.
Y si me preguntáis
dónde he estado,
sucede que escucho disparos,
sacudidos por respiraciones
y sollozos, y veo,
aunque tengo los ojos cerrados,
un agua turbia pasar
a través de los huesos.
Los recuerdos, a veces,
son lo mismo que heridas abiertas
gritando su dolor contra el olvido,
esa herrumbre que corroe
el rostro de la historia y sus culpables.

IV
El calor y la tranquilidad
de sus recuerdos -un abrigo
que lo protegía de lo que duele
por demasiado frío
en el presente-, se desvanecen.
La lluvia no los despierta,
pues ya no escucha su música
de gota tenaz acompasando
el ritmo de su pecho.
Es un jinete sin cabeza buscando
en vano las mil llaves
que abran otras tantas puertas,
extraviadas definitivamente
por sus venas estériles.
Pasan, con su luz inútil,
las estaciones sin rumbo
y pasa también su sombra,
que los años y el viento
han anclado en los muros
como un grafiti descolorido.
Y, aunque el mar sigue
moviéndose con su vaivén de olas,
ha dejado de soñar, porque todo lo borra.
A veces el recuerdo es quien único nos abraza y nos mantiene en pié, cuando estamos viviendo un presente muy desolador.
Muy elocuente.

Saludos
 
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