cristobal monzon lemus
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL DETECTOR MÁS ANTIGUO DEL MUNDO
Desde la prehistoria, hasta nuetrso días.
Desde el principio de los siglos y, antes de que inventaran los radares u otros detectores, de los más sofisticado, de la moderna tecnología, existen en todas partes, en todos los rincones y lugares del mundo, un descubrimiento rudimentario del hombre primitivo, cuya herencia viene desde ese entonces, para las presentes, nuevas y futuras generaciones, de uso común, inclusive en todos los hogares. Particularmente en mi caso me es útil para saber de los movimientos de mi esposa, es decir, en qué lugar se encuentra. Justo y como las cámaras de video tan en boga; localizan u observan a las personas, en edificios públicos, o centros comerciales muy frecuentados, así como en las calles de la ciudad a los vehículos. Este extraordinario asunto del que he venido refiriéndome, está instalado en puertas, ventanas, espacios abiertos, cerrados y donde menos nos imaginemos.
Por ejemplo; yo ubico a mi señora desde el lugar donde me encuentre, si ella está en la cocina, y los ruidos de los enseres: cucharas, platos, tenedores en uso, detectan su presencia. Así mismo ella sabe donde yo me encuentro, cuando escucha el ruido de la puerta del baño mal ajustada, cuando la cierro. Así mismo cuando sale, y la puerta de calle, con su ruido característico se cierra, y más aún si hecha llave, se detecta perfectamente el juego de ese movimiento.
Así pues todo el mundo conoce el detector más antiguo del mundo, cuyo nombre científico no tiene, sólo lo conocemos como “ruido”, sonido articulado y confuso, según descripción del diccionario, que nos alerta en todas partes donde nos encontremos, y muchos de ellos ya los conocemos de memoria, por costumbre de escucharlos, producirlos y hasta vivir con ellos, desde que nacemos y emitimos nuestro primer llanto, por lo que acude la madre, hacernos ruidos con sonajas (chinchines) para disipar ese llanto. Como vemos es un buen aliado en ocasiones, pero hay otros molestos por necios, y otros por estridentes. Hay tantos en la vía pública difíciles de identificarlos. Sin embargo algunos nos emocionan, como los explosivos juegos pirotécnicos de colores, existen los que nos dan pánico, como los disparos de armas de fuego.
En síntesis, estamos rodeados de ruidos, que no deja de ser el detector más antiguo de la humanidad, no inventado, creado por los seres humanos, tan útil en circunstancias imprevistas, pero igualmente pasajeros. Lo hay de los tambores, en los desfiles militares atractivos por su marcial sonido y también en música moderna, cuyos ruidos hacen bailar a los jóvenes, en fin hay de todos los tamaños y de todos los colores, al gusto y disgusto de los oyentes, pero no por ello deja de ser puro y legitimo: ruido detector de sonidos.
Cristóbal monzón lemus.
respiro luego escribo
Desde la prehistoria, hasta nuetrso días.
Desde el principio de los siglos y, antes de que inventaran los radares u otros detectores, de los más sofisticado, de la moderna tecnología, existen en todas partes, en todos los rincones y lugares del mundo, un descubrimiento rudimentario del hombre primitivo, cuya herencia viene desde ese entonces, para las presentes, nuevas y futuras generaciones, de uso común, inclusive en todos los hogares. Particularmente en mi caso me es útil para saber de los movimientos de mi esposa, es decir, en qué lugar se encuentra. Justo y como las cámaras de video tan en boga; localizan u observan a las personas, en edificios públicos, o centros comerciales muy frecuentados, así como en las calles de la ciudad a los vehículos. Este extraordinario asunto del que he venido refiriéndome, está instalado en puertas, ventanas, espacios abiertos, cerrados y donde menos nos imaginemos.
Por ejemplo; yo ubico a mi señora desde el lugar donde me encuentre, si ella está en la cocina, y los ruidos de los enseres: cucharas, platos, tenedores en uso, detectan su presencia. Así mismo ella sabe donde yo me encuentro, cuando escucha el ruido de la puerta del baño mal ajustada, cuando la cierro. Así mismo cuando sale, y la puerta de calle, con su ruido característico se cierra, y más aún si hecha llave, se detecta perfectamente el juego de ese movimiento.
Así pues todo el mundo conoce el detector más antiguo del mundo, cuyo nombre científico no tiene, sólo lo conocemos como “ruido”, sonido articulado y confuso, según descripción del diccionario, que nos alerta en todas partes donde nos encontremos, y muchos de ellos ya los conocemos de memoria, por costumbre de escucharlos, producirlos y hasta vivir con ellos, desde que nacemos y emitimos nuestro primer llanto, por lo que acude la madre, hacernos ruidos con sonajas (chinchines) para disipar ese llanto. Como vemos es un buen aliado en ocasiones, pero hay otros molestos por necios, y otros por estridentes. Hay tantos en la vía pública difíciles de identificarlos. Sin embargo algunos nos emocionan, como los explosivos juegos pirotécnicos de colores, existen los que nos dan pánico, como los disparos de armas de fuego.
En síntesis, estamos rodeados de ruidos, que no deja de ser el detector más antiguo de la humanidad, no inventado, creado por los seres humanos, tan útil en circunstancias imprevistas, pero igualmente pasajeros. Lo hay de los tambores, en los desfiles militares atractivos por su marcial sonido y también en música moderna, cuyos ruidos hacen bailar a los jóvenes, en fin hay de todos los tamaños y de todos los colores, al gusto y disgusto de los oyentes, pero no por ello deja de ser puro y legitimo: ruido detector de sonidos.
Cristóbal monzón lemus.
respiro luego escribo
Última edición: