De ópalo es tu tez soberbia. Soñando con remotos campos macilentos. Donde una fragua descansa desnuda entre tinieblas de una noche de verano. Y tú, acoplado a la densa respiración de tus vetustos pulmones, jadeas cada vez que quieres dibujar una inocente sonrisa. Cuándo escucharás el murmullo de la sangre densa. Que corre a raudales por los torrentes que rezan el sacro nombre de tus azules venas. Curioseando con tus ojos grises. Cascados por la violación de un moribundo sol. Ya perdido para siempre en el sufragio universal que cacarea tu nombre en la urna fúnebre prendido. Estas hastiado de tanto abrumador fastidio. Que inunda las ciénagas grises llamadas mentes burguesas. Entonces, encierras dentro de tu boca a la levítica mosca que la madre la parió del estiércol inconmensurable. Y te la tragas para a continuación hinchar los carmesís carrillos; y soltar por fin tacos inconfesables en alabanza a Lucifer. Esto es lo que te envicia. Pero al mismo tiempo, desgarra la tela tormentosa de tus más aberrantes pecados. Que salen al fin a la palestra maldita donde jueces jorobados dictarán finiquitada sentencia.