Embarazada de nueve meses, aquella lozana mujer de rubios cabellos comenzó una noche de ad viento a sentir los fatales dolores del parto. Estaba tumbada en la cama honda de su bienaventurada alcoba. Y dos negras comadronas de semblante feliz la ayudaron para que diese a luz a un niño con marca extraña en la frente. El infante fue creciendo en fuerza y vigor. Y ostentaba una osada inteligencia que amedrentaba a todos los sabios de la comarca. Su jubilosa maga madre quería que fuese filósofo. Mas siempre lo veía en el campo corretear con una espada en la mano. No tenía compañeros de su misma edad. Así que, jugaba con entes imaginarios que su dulce fantasía proyectaba. Una noche, el joven guerrero no había vuelto al solaz de su preocupada progenitora. Salió en su busca. Pero no lo encontró. Los sonidos de su prohibido nombre colmarían de eco y llanto a ella. Que, sola, se despeñó de un alto risco para no sufrir más por su desamparada ausencia.
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