De un metal fundido es la palabra que resuena en la cavernosa boca de tu propio infierno. No tienes derechos de perdón en el asilo hipócrita de las hermanas de la caridad. Y tú, tozudo, enseñas una lengua negra. Tan contaminada como lo está tu maltrecha alma de orificios de cristal. Te gusta escandalizar. Eso te divierte. Pero, lo que no sabes es que estás destinado en el corredor mahometano de un destino no muy lejano, a perder los ojos rojos con las severas tenazas de verdugos en chal harapiento. Corres siempre en dirección prohibida. Para que así te llamen la atención. Y puedas soltar amarras de un odio furibundo hacia la bien llamada sociedad. Mira y siente el eco lascivo que recorre, como una vil rata, tu entraña atiborrada de ron caducado. Es hora ya de morir a manos de tu propio demonio tutelar. Para que así, tú, el descarriado, no dejes huella mortal en ese estúpido mundo azul al que llaman planeta tierra. Así que haz el favor de desvanecerte.