En un haz de luz, la silueta bendita de aquel hombre remarca sus varoniles contornos. Para que así, el día pueda resucitar en sus ojos. Encarnados de un azul cielo. Y que su mirada se pierde en la infinita lontananza de las marchitas flores. Pero, pronto, un saco de densa plenitud nubosa arranca el brillo destacado. Y el sujeto se pone a contar con sus dedos - manchados de vino - la próxima venida del paroxismo lunar. Lo hace nervioso. Pues, sabe que es en la noche de gélida piel mortuoria, donde suspiran los pechos errantes y vagos de insidiosos ladrones de sueños. Ya han llegado al muro de las lamentaciones las sombras. Envueltas en media pinta de un vaso de cerveza. Y nuestro hombre se viste de regio esplendor de príncipe destronado. Es ahora cuando la loca bacante de su pensamiento fijo lo posee. Haciéndole perder los estribos. Y cayendo en caída libre por el vacío despótico de los arruinados seres. Que calumniaron el nombre intocable del significado llameando en voces apagadas.
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