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El Descarnado

Edouard

Poeta adicto al portal
En un haz de luz, la silueta bendita de aquel hombre remarca sus varoniles contornos. Para que así, el día pueda resucitar en sus ojos. Encarnados de un azul cielo. Y que su mirada se pierde en la infinita lontananza de las marchitas flores. Pero, pronto, un saco de densa plenitud nubosa arranca el brillo destacado. Y el sujeto se pone a contar con sus dedos - manchados de vino - la próxima venida del paroxismo lunar. Lo hace nervioso. Pues, sabe que es en la noche de gélida piel mortuoria, donde suspiran los pechos errantes y vagos de insidiosos ladrones de sueños. Ya han llegado al muro de las lamentaciones las sombras. Envueltas en media pinta de un vaso de cerveza. Y nuestro hombre se viste de regio esplendor de príncipe destronado. Es ahora cuando la loca bacante de su pensamiento fijo lo posee. Haciéndole perder los estribos. Y cayendo en caída libre por el vacío despótico de los arruinados seres. Que calumniaron el nombre intocable del significado llameando en voces apagadas.
 
Última edición:
homo-adictus, nuestro sujeto en cuestión estaba, en un principio, bendecido por la clara luminosidad de un radiante día azulado. Ante aquel majestuoso descanso de ocular brillo, observaba el fiel embeleso de una taciturnidad. Pero, para su desgracia, la noche de profusos errantes fantasmagóricos lo iba ha hacer desvariar. Pues, éstos, amedrentarían su débil carácter. Haciendo de él un coladero de horrible locura pertinaz. Y que sólo, con una monomanía de pensamiento desagradable para su cerebro ya podrido, lo empujaría al insondable abismo. Donde escucharía por última vez el apagado eco del nombre de los antiguos sentenciados y descarnados espíritus prohibidos. Atentamente Edouard.
 
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