Jcmch
Poeta veterano en el portal.
Esa noche, enfermo de una oscuridad indolente,
pase a tomar las dosis ásperas de la soledad.
Con una ventana abierta al viento frío y obstinado,
me deje tomar por los augurios de la tristeza.
Aquellos cuerpos sellados en la profundidad de la tierra,
que se estremecen al bullir pasional del sufrimiento,
entregan su miedo a mi memoria
y me invitan a llenar mi cabeza de su horror.
Es como un valle de esplendores negros,
los mantos de la habitación,
danzando al son del sereno intangible y sórdido,
íngrimo y estéril como sus luces lunáticas.
Ah si tan solo pudiera recobrar mi cordura.
Si tan solo la luz que me evita despejara sus matices.
Pero ella se esconde en un cenit de sensaciones,
y me invoca el sutil manto de las lóbregas tinieblas.
La sangre recorre mis brazos dulcemente,
como una carrera impaciente hacia la muerte.
El infierno se abre de pronto,
y sus demonios marfilados sujetan mi cordura.
Como quisiera sostenerme del cielo.
Que su falsedad santificada me eleve entre sus santos;
que se aleje de mi rostro el repugnante matiz del destino
y se evaporen mis lagrimas de hielo y tentación.
Ven, ser amado, y revive las glorias olvidadas.
Que los dioses paganos entierren nuestras locuras.
Rasguemos los trajes cadavéricos,
el rimel que estalla en nuestros ojos.
Que tus cabellos rubicundos se extiendan entre mi sangre,
sobre mis venas descubiertas,
y que sea mi muerte un veneno para tu orgullo,
y sufras con la alegría de los indolentes.
Mejores son los delirios de la soledad.
Mas divinas las orgías del miedo y la desesperanza.
Mas amarga la imagen destruida de la carne.
La muerte, su virtud elemental.
pase a tomar las dosis ásperas de la soledad.
Con una ventana abierta al viento frío y obstinado,
me deje tomar por los augurios de la tristeza.
Aquellos cuerpos sellados en la profundidad de la tierra,
que se estremecen al bullir pasional del sufrimiento,
entregan su miedo a mi memoria
y me invitan a llenar mi cabeza de su horror.
Es como un valle de esplendores negros,
los mantos de la habitación,
danzando al son del sereno intangible y sórdido,
íngrimo y estéril como sus luces lunáticas.
Ah si tan solo pudiera recobrar mi cordura.
Si tan solo la luz que me evita despejara sus matices.
Pero ella se esconde en un cenit de sensaciones,
y me invoca el sutil manto de las lóbregas tinieblas.
La sangre recorre mis brazos dulcemente,
como una carrera impaciente hacia la muerte.
El infierno se abre de pronto,
y sus demonios marfilados sujetan mi cordura.
Como quisiera sostenerme del cielo.
Que su falsedad santificada me eleve entre sus santos;
que se aleje de mi rostro el repugnante matiz del destino
y se evaporen mis lagrimas de hielo y tentación.
Ven, ser amado, y revive las glorias olvidadas.
Que los dioses paganos entierren nuestras locuras.
Rasguemos los trajes cadavéricos,
el rimel que estalla en nuestros ojos.
Que tus cabellos rubicundos se extiendan entre mi sangre,
sobre mis venas descubiertas,
y que sea mi muerte un veneno para tu orgullo,
y sufras con la alegría de los indolentes.
Mejores son los delirios de la soledad.
Mas divinas las orgías del miedo y la desesperanza.
Mas amarga la imagen destruida de la carne.
La muerte, su virtud elemental.