El crepúsculo poderoso, teñido de la sangre digna de los mártires, encauza la bestial locura sacerdotal de poetas dementes. Los cuales, observan compungidos cómo se hace noche cerrada en sus espíritus. Es el momento de delirar. Bajo el auspicio feligrés de la pitia de Delfos. Emanan de los vapores de la tierra cuartada sueños putrefactos. Que enajenan mentalmente. Para así, recitar el proemio maldito que nunca debió salir a la luz fosforescente del aura maltrecha del alma del mundo. Y, el crepúsculo sigue ahí. Habitado por númenes de pulcra idiosincrasia pagana. Para ir apagándose y ser reabsorbido de nuevo por la tormenta de fuego y azufre. Pero, en el momento que menos se espera, un dios desdichado pero terco deja penetrar, a través de la celosía imantada, parajes oníricos ante la mirada estupefacta de aquellos que tuvieron miedo a ir más allá del plomizo arco navegante. Que siempre fue la fuente de inspiración negra.