En la límpida cabecera de la cama se aposentaba un cráneo. Iluminado por la llama correosa de la luz clarividente del dios de los muertos. Su dueño se ufanaba de tener en su poder tal singular reliquia. Todas las noches, antes de acostarse, la besaba y la acariciaba con sus densos dedos de aceite. Pero, una madrugada, comenzó tal objeto a parlotear en un lejano lenguaje. Sus palabras, cual viento furioso, retumbaban en la habitación. Produciéndose un eco de fagot enloquecido. Fue entonces, cuando nuestro hombre de ojos de perla lo cogió y lo comenzó a golpear para que callase. Pero, la rústica mandíbula seguía propalando lo que, a oídos de profeta, era un escarnio de enmudecido silabeo febril y sudoroso. El día cayó como plomo. Y el cráneo dejó de hablar. Se había quedado sin llama interior. Y unas lágrimas de sangre manaron de las cuencas negras de tal significativo exvoto. Quedando en penumbra el ahora ya condenado santuario de su amo. Quien había muerto de una vil taquicardia.