Por el camino angosto que lleva a la perdición eterna voy caminando alegre y diáfano. En los bordes, helechos amarillos de grandilocuente brillo espectral se confunden con las cruces grises de camposantos, donde yacen enterrados heréticos seres de podridos cuerpos negros. La luna llena, pálida y redonda, es la fiel guía que inunda con su brillo nacarado mi espíritu mortuorio; que bulle de gozo cuando se reconcentra en la mirada impasible de un ser que ha borrado de la esencia eterna cualquier atisbo de idea divina. Entonces, cuando llego al altiplano de las mugrientas contemplaciones me topo con un ser harapiento de testa cadavérica. Y lo único que hace, en ademán afectuoso, es colocarme entre mis sienes la corona centelleante de la gloria infernal.