A Verd
Poeta recién llegado
Descubríamos,
desde cierta distancia
y cierta posición,
que la acera de fuera
y la del otro lado
eran una sola.
El muro en medio
era el único.
Al final,
la pared acababa
y los adoquines
iban desapareciendo.
Entonces girábamos dentro,
bajo las ramas polvorientas.
Lanzábamos piedras
contra los bidones
verde-rana,
algo oxidados.
Resonaba hueco,
entre los demás hierros
y contra un muro
pintado de espray morado.
Cerca de los bidones
la tierra oscurecía
y no nos acercábamos,
instintivos.
Así que era nuestra comida.
En los bidones circulares
como el sol
y nuestros ojos.
Alguien lanza, finalmente,
una mandíbula
que se había desencajado.
Colgaban nervios
sobre el verde fluorescente,
en las burbujas.
Los dientes primitivos
esparcidos por entre las rendijas.
Iría a reventar
tras un golpe seco
y el hombre olisqueando
quería aullar.
Olisqueando —
pero lo aguantábamos.
La luna también se acercaba.
Acomodados,
trataba de no temer
su piel cambiante,
pálida,
gateando.
desde cierta distancia
y cierta posición,
que la acera de fuera
y la del otro lado
eran una sola.
El muro en medio
era el único.
Al final,
la pared acababa
y los adoquines
iban desapareciendo.
Entonces girábamos dentro,
bajo las ramas polvorientas.
Lanzábamos piedras
contra los bidones
verde-rana,
algo oxidados.
Resonaba hueco,
entre los demás hierros
y contra un muro
pintado de espray morado.
Cerca de los bidones
la tierra oscurecía
y no nos acercábamos,
instintivos.
Así que era nuestra comida.
En los bidones circulares
como el sol
y nuestros ojos.
Alguien lanza, finalmente,
una mandíbula
que se había desencajado.
Colgaban nervios
sobre el verde fluorescente,
en las burbujas.
Los dientes primitivos
esparcidos por entre las rendijas.
Iría a reventar
tras un golpe seco
y el hombre olisqueando
quería aullar.
Olisqueando —
pero lo aguantábamos.
La luna también se acercaba.
Acomodados,
trataba de no temer
su piel cambiante,
pálida,
gateando.
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