El concejal de la villa, mientras dormía como un recién nacido en la petulante cama de su cuarto obscuro, fue despertado en mitad de la noche por un alarido. Se levantó y encendió un farol. Las sombras se proyectaban sobre el limpio suelo de la habitación. Mas él, sudoroso, quería saber si había alguien. Así que, comenzó a investigar por todos los recovecos de su insidioso habitáculo. No se encontró con nadie. Volvió a apagar la luz y, cuando ya era presa del dios del sueño, un susurro se apoderó de sus finos oídos; mezclándose con los espíritus animales que anidaban en las fibras nerviosas de su sensible cerebro. Entonces, de un salto, se irguió sobre las crujientes tablas de madera del piso y, aterrado, cogió la luminaria artificial para volver a investigar. Observó un bulto en una esquina de un aparador. Fue lento hacia allí y, cuando ya alargaba la fría y descarnada mano hacia aquello, se volatilizó en un arpegio furibundo de una nota musical monocorde. Fermentándose luego en un vaticinio de risas que obscurecieron la razón sensible del concejal. El cual, presa de una monomanía, abrió la ventana que daba a la ardiente noche de silencio ambiguo para arrojarse al vacío en caída libre; y así rematar con sus enfermizos sufrimientos.