Vivió muchos años alquilado en un viejo pisito con un alquiler simbólico por decir algo.
Tantos años que lo consideraba suyo y lo decoró a su manera tal como él concebía la vida.
Un pisito del color de la noche. Como sus patillas decuidadas, el pelo sin arreglar y el
pachuli fuerte y dulzón.
Así era el pisito con sus puertas y paredes grises y la cama sin patas en el suelo. Sin más trabajo que
el de pinchar discos de esos que parece que golpean la noche.
El techo cubierto por una sábana para tapar la talla sucia y estropeada y la infinidad de cohetes
borrachos que inprovisaban la instalación eléctrica. Su gran moto negra y gris
era como su ropa negra y el gris de la fiesta.
En la pared en letras grises: Prohibido follar, más de recochineo que otra cosa porque este
señor yo creo que follaba todo lo que quería y mucho más. ¡El color de la noche!.
Era bajito y no era guapo, como que ha crecido poco de tanto comer la pantera rosa de pequeño
y le daba repelús la verdura. Si le sumas que no era su fuerte la ducha diaria le daba un aspecto
así como de mala raza. Perdonen esta expresión pero es la única manera de explicarlo y que
se entienda lo que quiero decir.
Sus pensamientos eran grises como el color de la marcha, como la espuma de la cerveza que
no le faltaba en la nevera.
De día dormía como un bello durmiente en su cama gris sobre el suelo. Ninguna negra cucaracha
se atrevía a romper el hechizo de este pinchadiscos empedernido de la noche que vivía mucho
más que la noche. Más bien un estilo de vida al ritmo de los golpes que escuchaba en esos
intentos de música de harmonía vanguardista.
¡Qué suerte tienes, cochino! hubiera dicho más de uno al ver a su novia: Una chica de buena fa-
milia y buena posición que yo, la verdad, no los veía hacer una buena pareja o por lo menos
a mí no me gustaría para mi hija este discotequero.
Llegó el día en que el propietario quiso dejar de alquilarle el pisito y él, que lo consideraba suyo,
le propuso una oferta de compra. Ni que decir tiene que no podía ofrecer gran cosa porque
de hacer cócteles y pinchar discos ....., el caso es que se rechazó la oferta inicialmente pero con
idea de arrancarle unas cuantas pesetas más, a un precio aún irrisorio.
El propietario, un hombre muy educado y de muy buena posición no quiso regatear gran cosa
y le hizo en dos días una contraoferta que no dejaba de ser un regalo.
Pero el hombre este del color de la noche le dijo que a horas de ahora ya no quería el pisito ni
regalado. Que hace dos días hubiera hecho trato pero ahora por ningún precio.
Se había hecho una ralla de coca y hechando fuego por la nariz había arrancado el mármol de la
cocina, los váteres de cuajo, los azulejos picados y aquello parecía un antro de la noche como esos
que van los jóvenes buscando el color de la noche.
Tantos años que lo consideraba suyo y lo decoró a su manera tal como él concebía la vida.
Un pisito del color de la noche. Como sus patillas decuidadas, el pelo sin arreglar y el
pachuli fuerte y dulzón.
Así era el pisito con sus puertas y paredes grises y la cama sin patas en el suelo. Sin más trabajo que
el de pinchar discos de esos que parece que golpean la noche.
El techo cubierto por una sábana para tapar la talla sucia y estropeada y la infinidad de cohetes
borrachos que inprovisaban la instalación eléctrica. Su gran moto negra y gris
era como su ropa negra y el gris de la fiesta.
En la pared en letras grises: Prohibido follar, más de recochineo que otra cosa porque este
señor yo creo que follaba todo lo que quería y mucho más. ¡El color de la noche!.
Era bajito y no era guapo, como que ha crecido poco de tanto comer la pantera rosa de pequeño
y le daba repelús la verdura. Si le sumas que no era su fuerte la ducha diaria le daba un aspecto
así como de mala raza. Perdonen esta expresión pero es la única manera de explicarlo y que
se entienda lo que quiero decir.
Sus pensamientos eran grises como el color de la marcha, como la espuma de la cerveza que
no le faltaba en la nevera.
De día dormía como un bello durmiente en su cama gris sobre el suelo. Ninguna negra cucaracha
se atrevía a romper el hechizo de este pinchadiscos empedernido de la noche que vivía mucho
más que la noche. Más bien un estilo de vida al ritmo de los golpes que escuchaba en esos
intentos de música de harmonía vanguardista.
¡Qué suerte tienes, cochino! hubiera dicho más de uno al ver a su novia: Una chica de buena fa-
milia y buena posición que yo, la verdad, no los veía hacer una buena pareja o por lo menos
a mí no me gustaría para mi hija este discotequero.
Llegó el día en que el propietario quiso dejar de alquilarle el pisito y él, que lo consideraba suyo,
le propuso una oferta de compra. Ni que decir tiene que no podía ofrecer gran cosa porque
de hacer cócteles y pinchar discos ....., el caso es que se rechazó la oferta inicialmente pero con
idea de arrancarle unas cuantas pesetas más, a un precio aún irrisorio.
El propietario, un hombre muy educado y de muy buena posición no quiso regatear gran cosa
y le hizo en dos días una contraoferta que no dejaba de ser un regalo.
Pero el hombre este del color de la noche le dijo que a horas de ahora ya no quería el pisito ni
regalado. Que hace dos días hubiera hecho trato pero ahora por ningún precio.
Se había hecho una ralla de coca y hechando fuego por la nariz había arrancado el mármol de la
cocina, los váteres de cuajo, los azulejos picados y aquello parecía un antro de la noche como esos
que van los jóvenes buscando el color de la noche.
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