En la oquedad desértica de un claustro macilento, un cura de aldea re verdeaba los recuerdos ignominiosos. Cuando, siendo un simple monaguillo de piel fina y alfombrada se ayuntaba carnalmente con el demonio de cornamenta sanguinolenta. Dejaba pasar su imaginación pulcra rendir cuentas con el Malo. Ante los sentenciosos espejos de su desdichada conciencia luminosa. Una noche se abandonó al vicio del aguardiente. Tres vasos fueron suficientes para inflamar su pordiosero espíritu. Comenzó a caminar nervioso y alocado. En busca de la brevedad de un tiempo ténebre como la fosa negra de una expirada galaxia; en trance de difuminarse en partículas tenues de materia indivisible. Sonó, al compás de las sombras del claustro, una risa odiosa. Y, el hombre, ya borracho perdido, entrevió en fina gasa de seda blanca la inmaculada figura pálida de una mujer esquelética. Ella le llamó por su nombre. Mientras que él caía fulminado por la brevedad cruel de un parpadeo azulado que desgajó su vida por completo.