Canoso y des florido aquel anciano posaba su fantasmal mano en el cabello ensortijado de su nieta la Muerte. Tenía afán de que aquellos ojos negros de infinita y lunática impiedad hicieran clamar al cielo la sangre vertida ha un lustro por un pariente muy odiado del centenario ser. Y así fue. Se descorrieron los velos de la vil ignorancia y he ahí, ante el abandonado páramo de una naturaleza triste y melancólica al asesinado por punzante daga de empuñadura de diamantes. Su aura flotaba; mientras su cuerpo yacía exhausto. El abuelo de faz chupada y enjuta, con sus dos ojos hundidos, soltó una risa de júbilo. Ahora tendría que vérselas cara a cara con su hermano; que hervía en una salvaje posesión demoníaca. Éste se acopló en espíritu vetusto con su cuerpo ensangrentado y fue presto hacia el acosador de almas. Hiriéndole en su ya demacrado corazón con un suspiro de desvanecida locura.