prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Porque he caído
a morirme de sombra
como caballos en fuga, de rodillas en pleno invierno
y mi respiración ha empezado a moldear unos cráteres en la nieve.
Y alguna mujer que nunca tuvo un hijo
ha venido sin preguntar
seguida por curiosos y otras cosas que cargaban gente
de las que no recuerdo sus nombres.
Después el carruaje,
yo adentro cubierto por sábanas
y los caballos subiendo la colina con memorias de niño,
la calvicie con la que se asoma la inocencia de entre la sangre.
Destapad los ojos de la yegua, gritaba
dejad que el horizonte de la muerte cumpla su funcionalidad imprevisible.
A ratos el silencio hizo un cristal que atravesó la cúpula
y volvió con trofeos
mientras los curiosos se felicitaban entre sí
y empezaban a escoger entre las cabezas de tigre, inventaban la placenta de la idea compartida.
Porque sólo los tigres mueren así, fue la conclusión de todos,
llevados por un iceberg
hacia latitudes inesperadas
y que esa era la misma razón
por la cual uno puede ser en la nieve, o los caballos en la nieve, da igual.
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