Con una lanza herbolada aquel ser de otro mundo hunde el hierro candente en el corazón roto del amante desdichado. Mira con complacencia e insana alegría cómo los suspiros moribundos de su vanagloriada víctima flotan en lo alto de la espesura del bosque. Cuando ya ha muerto, un negro carromato guiado por un flaco burro se para ante los pies del orgulloso asesino. El cual, suelta un grito gutural que se pierde entre el vaho mohoso de las tinieblas de la funesta noche. Sale del harapiento vehículo fúnebre un enterrador sin ojos ni boca. Sólo una nariz prominente ocupa su ancha frente. Y guiado olfativo por el cerumen oloroso del cadáver, se acerca siniestro para embalarlo en un ataúd de nogal y llevárselo hacia el cementerio de la vil perversión.