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El Carnicero

Edouard

Poeta adicto al portal
Arremangados los brazos de camisa hasta los codos, aquel hombre estaba en el quehacer soberano de trocear con sierra y cuchillo el dador cadáver al que había dado sacra muerte. Lo había metido en una bañera. A rebosar de agua caliente para que sus miembros se ablandasen y así la faena sanguinaria fuese más llevadera. Pronto repicaron las once de la noche en el reloj de pared de la sala contigua. Y un sudor frío caía por su frente de obscuro asesino sin pudor ni licencia. Un golpe en la puerta del cuarto de baño escuchó. Entonces, quedó helado. Se preguntó para su interior sesera si sería su desgreñada mujer para avisar de que era hora de dormir. Entonces, nuestro vil e inmundo ser abrió furioso y he ante él a los gendarmes vestidos de negro. Observándolo con ojos punzantes y llenos de vergüenza. El ladrón de cadáveres, todo manchado de sangre, fue recto hacia ellos y, sin ninguna contemplación, se dejó esposar.
 
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