Canta mi boca hundida y de tabaco negro de mascar lúgubres pedazos descarnados. Emanaciones musicales que se difuminan en el trayecto oblicuo hacia la negra caverna de la eternidad. Con sigilo voy envejeciendo. Mientras que el tiempo, con el tembloroso traje de un dios nocturno, me zarandea cual teleñeco sin ojos y con ropaje roído por las astutas ratas. Entonces, yo, el único creador de mi propia desgracia, voy caminando alegre por pastizales para recibir la ostia de nabo de orina. Y cuando ya la tengo en el seco paladar, expulso la nota surrealista del canto del cuervo. Dispuesto a todo, me complace mi signo de cantor engalanado. Para ir detrás de la procesión hierática de los ángeles de la Muerte. A sabiendas que van a llegar tarde a una destartalada iglesia románica. Donde allí, en el interior húmedo y abotargado con centellas y luminarias de muertos conversos, el cura de faz macilenta no parará de fanfarronear con su hueco sermón. Desde el avieso púlpito del que me dan ganas de demoler con la octava aguda de mi aleccionado canto. De sacramental y digestivo pasto rumiado por flacas vacas a punto de expirar.