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El canto del Caballero de sombrero negro

Alberto J. Pacheco Buezo

Poeta recién llegado
1

Donde el frío ha acunado, donde la noche ha parado;

donde los sueños deciden darse muerte y las soliviantas

cantar réquiems.

Aquí he sobrevivido, pues aunque tirite, estoy cálido,

más que ayer y sin embargo menos que mañana;

porque los vientos se han llevado algo que era mío,

yace sin vida… y contemplo sus despojos alejándose,

cerca de su cuerpo exánime se tiene fe,

la cual he perdido, la cual, me han robado,

me contó a mí, uno.



2



Vencido el hombre que brilla, vencido el de noble estirpe,

que ha decidido darse de baja de la guerra que inició,

que lo hirió de muerte y no lo mató;

porque a una juró amar y sin motivo asesinó,

que alejó el mismo para adorar a sus dioses falsos,

a sus imágenes, ¡a sus ídolos!

Los cuales, vulgarmente le traicionaron...

-¡ve y haz!, ¡oído y sometimiento!, ¡Hónranos con tu accionar y la gloria a tu alma viviente obsequiaremos!-;

sin piedad le dijeron,

-¡quédate y no hagas!, ¡desoye e insurrecta!,

¡danos la espalda con tu omisión y destrucción a tu alma impura haremos azotar!-.


3



¡Oh que viles son ellos!,

¿dioses?,

¡Oh que inocente el hombre que brilla!,

¡Oh que falto de carácter el de noble estirpe!

Fue cegado por las promesas de ellos, ¡Escuchóles!

Y como un pelafustán obedeció.

En la más oscura de las madrugadas,

de esas de cuando el gallo no canta,

de esas en las que en los caminos transitan fantasmas,

fue y ¡lo hizo!, a los ídolos cumplió



4

Yace sepultada en olvidada cripta,

Más huesuda que la misma muerte,

Más podrida que la manzana del génesis

La amada.

Insensato el hombre que brilla, el de noble estirpe,

caminando sin hacerle sombra la misma noche.

Más sumergido que naufragio

en los oscuros pensares de la resurrección después del morir,

Una vez que no hubo más rumor de grillos,

inhumó la daga en el corazón de ella,

aclamó en mantras y oraciones a sus dioses pronunciando sus nombres.

Esperando quedó una aureola que jamás descendió de los cielos…

Y ahora está allí en ese olvidado camino,

Pidiéndole a su palpitar que cese,

Allí donde no crecen flores, ni sopla el viento, ni resplandece nada

Y aun así, pura y virgen, la amada,

más ahora espectro que carne.

Acaricia sus cabellos para que el noble estirpe no fallezca en rotunda soledad.
 
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