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El cansancio

ivoralgor

Poeta fiel al portal
Su mirada era otra, como una leona que acecha a su presa. Una vez más sentí los huevos en la garganta. Esto va a acabar mal, pensé cuando entré a su casa. Creo que le tenía más miedo a ella que a los chancletazos de mi madre cuando me portaba mal, cuando era un niño, y vaya que los huevos casi los escupía. Con esa mirada me desnudó en un santiamén y me lamió de cabo a rabo. Cabe mencionar que era la primera vez que tía Hortensia me tiraba el calzón a bocajarro. A los doce años, con mis pininos en las puñetas, me acarició la pierna cuando nos sentamos, en su casa, a ver una película de Pedro Infante. Ese hombre tiene unos brazotes, ¿verdad?, dijo. Después del susto, una pequeña erección me erizó el cuerpo y, de no ser por mi miedo inicial, hubiera almidonado mis pantaloncillos cortos. No te pongas colorado, se reía a carcajadas tía Hortensia. A Chucho, dijo, se le pone colorada otra cosa. Tiempo después supe que mi primo Chucho, dos años más grande que yo, perdió igual la virginidad con la tía Hortensia, la solterona empedernida de la familia.

Te vas a quedar ahí parado, dijo con un ademán. No recuerdo que le respondí, pero mis ojos salieron de sus órbitas cuando vi que se levantaba el vestido para mostrarme que no traía calzones. El monte Venus era frondoso y casi podía adivinar su aroma embriagador. Han pasado ya varios años desde la última vez, Jerónimo, dijo que voz melosa. Quiero saber que tanto has aprendido en estos años, prosiguió. Tomó mi mano derecha y se la llevó directo a su humedad. Nos fuimos en silencio hasta su cuarto y ahí estaba colgada la hamaca y el ventilador de pedestal con su hipnótico cantar de matraca desvencijada. Me desnudó con parsimonia, como lo hiciera cuando niño. Le quité el vestido por arriba y relució su desnudez. Minutos después, con la faena a pleno, empezó a susurrarme grosería y media. Era como si recitara algún conjuro y se excitaba más. Parecía poseída. Esa tarde-noche nos dimos una revolcada memorable.

La voz de mi madre me sacó del trance. Ya es hora, dijo con voz entrecortada. Tía Hortensia se veía tan pálida en ese ataúd. Los labios de un chirriante carmín y un vestido blanco que le llegaba hasta los tobillos. El olor a cera y flores recién cortadas me asfixiaba. El cortejo fúnebre partiría desde la casa de tía Hortensia hacia la iglesia y de ahí, después de misa, al cementerio. Más duro, Jerónimo, creí escuchar y las lágrimas me ganaron. Abracé al féretro y musité: estoy cansado, tía, quiero dormir un rato y luego le seguimos.
 
Su mirada era otra, como una leona que acecha a su presa. Una vez más sentí los huevos en la garganta. Esto va a acabar mal, pensé cuando entré a su casa. Creo que le tenía más miedo a ella que a los chancletazos de mi madre cuando me portaba mal, cuando era un niño, y vaya que los huevos casi los escupía. Con esa mirada me desnudó en un santiamén y me lamió de cabo a rabo. Cabe mencionar que era la primera vez que tía Hortensia me tiraba el calzón a bocajarro. A los doce años, con mis pininos en las puñetas, me acarició la pierna cuando nos sentamos, en su casa, a ver una película de Pedro Infante. Ese hombre tiene unos brazotes, ¿verdad?, dijo. Después del susto, una pequeña erección me erizó el cuerpo y, de no ser por mi miedo inicial, hubiera almidonado mis pantaloncillos cortos. No te pongas colorado, se reía a carcajadas tía Hortensia. A Chucho, dijo, se le pone colorada otra cosa. Tiempo después supe que mi primo Chucho, dos años más grande que yo, perdió igual la virginidad con la tía Hortensia, la solterona empedernida de la familia.

Te vas a quedar ahí parado, dijo con un ademán. No recuerdo que le respondí, pero mis ojos salieron de sus órbitas cuando vi que se levantaba el vestido para mostrarme que no traía calzones. El monte Venus era frondoso y casi podía adivinar su aroma embriagador. Han pasado ya varios años desde la última vez, Jerónimo, dijo que voz melosa. Quiero saber que tanto has aprendido en estos años, prosiguió. Tomó mi mano derecha y se la llevó directo a su humedad. Nos fuimos en silencio hasta su cuarto y ahí estaba colgada la hamaca y el ventilador de pedestal con su hipnótico cantar de matraca desvencijada. Me desnudó con parsimonia, como lo hiciera cuando niño. Le quité el vestido por arriba y relució su desnudez. Minutos después, con la faena a pleno, empezó a susurrarme grosería y media. Era como si recitara algún conjuro y se excitaba más. Parecía poseída. Esa tarde-noche nos dimos una revolcada memorable.

La voz de mi madre me sacó del trance. Ya es hora, dijo con voz entrecortada. Tía Hortensia se veía tan pálida en ese ataúd. Los labios de un chirriante carmín y un vestido blanco que le llegaba hasta los tobillos. El olor a cera y flores recién cortadas me asfixiaba. El cortejo fúnebre partiría desde la casa de tía Hortensia hacia la iglesia y de ahí, después de misa, al cementerio. Más duro, Jerónimo, creí escuchar y las lágrimas me ganaron. Abracé al féretro y musité: estoy cansado, tía, quiero dormir un rato y luego le seguimos.
Un interesante relato

Grato leerle
 
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