Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mediodía. Escucho música; barroco alemán. La sucesión repetida de un canon que se ha hecho famoso. Mientras, fuera, el día se repite como un canon de los anteriores. Cuatro lágrimas de lluvia, ha hecho llorar la esperanza de estos hombres. Han pasado las negras nubes encapotando el cielo y se han burlado de su ilusión, pisoteando su necesidad. Tiene sed la tierra y tienen sed el río, el monte, el aire; ese aire que se pega reseco en el paladar, inmovilizando el grito, la rabia, el llanto, la plegaria.
Poco a poco se ha ido abriendo el cielo, despejando nubes, aflorando claridades, bañándonos en luz y calor impropios de este tiempo, que agostan el invierno, sin concederle primavera. Se distingue la línea del horizonte, perfecta, lejana y bella. El valle del Cea muere en el monte de Valdavida, en dura pugna con el valle del Valderaduey y corren hoy ambos ríos apurados de agua, entre campos asolados.
Comenta en el bar esta mañana un forastero, que un hombre apareció colgado en uno de esos pueblos, y palpita en la noticia un resentimiento contra el cielo. Respetuosos, guardan silencio. Ese silencio que ante la muerte despliegan las gentes de estos contornos. Como un hechizo, la noticia ha roto el encanto de la charla. De pronto todo se vuelven prisas, urgen los quehaceres, pagan y, uno a uno, abandonan el bar.
Mientras, Pachelbel puebla estas cuatro paredes con su Canon, convertido una y otra vez en ecos. Y me llena, como una blanda lluvia, de inquietud y recelo, el pecho.
Poco a poco se ha ido abriendo el cielo, despejando nubes, aflorando claridades, bañándonos en luz y calor impropios de este tiempo, que agostan el invierno, sin concederle primavera. Se distingue la línea del horizonte, perfecta, lejana y bella. El valle del Cea muere en el monte de Valdavida, en dura pugna con el valle del Valderaduey y corren hoy ambos ríos apurados de agua, entre campos asolados.
Comenta en el bar esta mañana un forastero, que un hombre apareció colgado en uno de esos pueblos, y palpita en la noticia un resentimiento contra el cielo. Respetuosos, guardan silencio. Ese silencio que ante la muerte despliegan las gentes de estos contornos. Como un hechizo, la noticia ha roto el encanto de la charla. De pronto todo se vuelven prisas, urgen los quehaceres, pagan y, uno a uno, abandonan el bar.
Mientras, Pachelbel puebla estas cuatro paredes con su Canon, convertido una y otra vez en ecos. Y me llena, como una blanda lluvia, de inquietud y recelo, el pecho.