Sombreados pómulos de húmeda fresa. Frisco levantisco engarzado en ojos de olor dórico. Auspicio solar de Ra radiante y todo poderoso. Eres el efebo ministerial de una techumbre gloriosa. Donde miles de rosas rojas caen a tus pies para bendecirte. Dime. Dónde está ahora tu risa libertadora. Una arruga, de mal agüero, conforma una pata de gallo en la cercanía de tu azulado párpado. Y una mueca de amargura desfigura tu labio inferior. Es la vejez. ¡ Tú ! que crecías como un mimbre. Ahora el viento te lleva, como un pelele, al altar mayor de los desahogados cadáveres de reverberación gris. Desiste. Eres ya un viejo. El lujo del mundo te escupe. Y las mujeres se ríen de ti. No hay salvación. Debes renunciar a las tentaciones del maligno. E incorporarte al monasterio de los cistercienses. Me dices que es una locura. Mas yo te prometo que ahí hallaras la bendita alegría serena. Me dices que la celda de un claustro es una cárcel. No seas trágico. Unas oraciones fervorosas a Dios; y unos paseos por el jardín abrirán tus sentidos a una nueva dimensión. Y, entonces me abrazarás agradecido. Así pues, no te demores. Que las garras de Satanás son largas como las sombras de la vil locura. Atiende a tu sino. Y déjate llevar por el clamoreo celeste de un pastiche heroico y robusto. Sólo así alcanzarás la perpetua y bendita paz.