El muchacho de fatua mirada gris se emborracha en la bodega de los viles leprosos. Allí tiene todo el vino añejo. De cepa antiquísima y noble. Bebe como un animal. Sus compañeros de enfermedad mortal acarician su delicada piel de mozo afeminado. Y él no se opone. Al contrario. Se deja llevar por esa insana satisfacción de decadentismo secular. Parece que su estómago no tiene fondo. Pero, de repente comienza a vomitar. Las venas de la frente se le hinchan. Y comienzan a nacer pústulas sobre su pecho de ahora agonizante cuerpo. Pide al Altísimo clemencia. Pero ya es demasiado tarde. El faro mortuorio se va apagando. Mientras él, mísero vagabundo de mentiras inflamadas, suelta un alarido descomunal en el húmedo lugar. Donde ya está sentenciado por el susurro de la madre muerte. Que lo hace desvariar en un último capítulo de novela negra. Tan negra como su hígado.