Caminaba ebrio de amor por las calles desiertas de la ciudad, con la complicidad de la noche, persiguiendo un viejo sueño. Había llegado entrado la noche en el bar y pedí cervezas. Mi acompañante se sentía reconfortado y halagado por la invitación a beber. Mientras bebíamos, nos fijábamos en las fotos del celular de aquellas mujeres, que pudieron ser algo más que unas buenas amigas. Yo deseaba sincera y honestamente una compañera cómplice de mis aventuras. Pero la vida no me había acercado a ese objetivo soñado. Aprendí de cada una de ellas, que la mejor compañía, es de lo que menos se espera. El alcohol nos emborrachaba y una extraña lucidez nos atrapó. Tenía claro porque aquellas amigas no fueron lo que yo deseaba que fueran para mí. Pues la única verdad posible era que yo amaba mi soledad. La vieja compañera que estaba a mi lado, fiel y leal hasta en mis borracheras. Y sin lugar a dudas, hasta el momento a sido, mi mejor cómplice inquebrantable de mis aventuras amorosas. Ellas, mis mejores amigas me han demostrado, aunque fugazmente, que les pude robarles un poquito de amor, para este incansable y soñador aventurero, que no pierde la esperanza de hallar más pronto que tarde, a aquella mujer que me llene el corazón de amor, con suavidad y ternura, para que este viejo quijote, la tome de las manos para lanzarnos a la vida con entusiasmo y alegría, gritándole al Universo: Carpe Diem, Carpe Diem…