Arquisivilio
Poeta recién llegado
Espantosos gritos salían de la boca de aquel pobre desgraciado, al que le habían hundido un cuchillo en el cuello.
Los secuaces sujetaban con fuerza al desafortunado por las extremidades, que forcejeaban con fuerza en busca de la libertad. En sus ojos, el brillo implorante del pánico y la agonía.
La nieve anisada llamaba con fuerza al ventanuco de madera, mientras el viento silbaba su canción por toda la sala.
Sombras monstruosas se proyectaban en la desconchada pared de cal tosca, bailadas por el juego de las llamas en el hogar.
Luego, un silencio, tan solo roto por el roce de la piel del desventurado contra el suelo de piedra en su estertor de muerte y el ávido crepitar del la leña seca en la hoguera.
El olor a humedad, frío, leña y mugre, se mezclaba ahora con un olor nuevo, metálico, caliente, quizá nauseabundo, pero lleno de matices para los presentes.
Clavaba, giraba y retorcía el cuchillo dentro de la mortal herida hasta que todo quedó inmóvil. En su boca, se dibujaba una mueca, casi una caricatura de sonrisa, que dejaba ver el poco brillo de unos dientes amarillentos.
Mientras se erguía con el cuchillo ensangrentado en la mano, dio un fuerte resoplido y dijo: ¡ya está jodido!
El tío Matías acababa de aviar el cochino para la matanza.
Los secuaces sujetaban con fuerza al desafortunado por las extremidades, que forcejeaban con fuerza en busca de la libertad. En sus ojos, el brillo implorante del pánico y la agonía.
La nieve anisada llamaba con fuerza al ventanuco de madera, mientras el viento silbaba su canción por toda la sala.
Sombras monstruosas se proyectaban en la desconchada pared de cal tosca, bailadas por el juego de las llamas en el hogar.
Luego, un silencio, tan solo roto por el roce de la piel del desventurado contra el suelo de piedra en su estertor de muerte y el ávido crepitar del la leña seca en la hoguera.
El olor a humedad, frío, leña y mugre, se mezclaba ahora con un olor nuevo, metálico, caliente, quizá nauseabundo, pero lleno de matices para los presentes.
Clavaba, giraba y retorcía el cuchillo dentro de la mortal herida hasta que todo quedó inmóvil. En su boca, se dibujaba una mueca, casi una caricatura de sonrisa, que dejaba ver el poco brillo de unos dientes amarillentos.
Mientras se erguía con el cuchillo ensangrentado en la mano, dio un fuerte resoplido y dijo: ¡ya está jodido!
El tío Matías acababa de aviar el cochino para la matanza.