Mykthlan
Poeta recién llegado
[FONT="]En el arte del desprecio[FONT="], [FONT="]el término <<abominable>> se vuelve frecuentemente un imperativo con vida propia, que sin más se vuelve repulsivo a nuestros ojos de caracol.
[FONT="]Por eso, es preciso frotarse el cebo de los ojos, y repetir la acción cada vez con más frecuencia, de manera que poco a poco ajustemos la vista al grotesco panorama de nuestro ser; pues bien se dice, que las rencillas no han de comenzar sino en uno mismo, el primer despreciado, el primer ser detestable, no responde el muy desgraciado, sino al nombre del “Yo”.
[FONT="]El arte del desprecio, exige al artesano la disposición de un reencuentro con lo inmediato, esto es, un reencuentro consigo mismo, abnegarse en la faena de bicho mordelón.
[FONT="]Conviene en este sentido, ignorar los objetos que se prestan a nuestra suerte y obrar a manera de un fuego impío en nuestra mayor prioridad: Dar cuenta de nuestro Arte.
[FONT="]Todo hombre cuya vocación certera, aparezca peligrosamente vulnerable a la luz del arte, puede considerarse desde ya, un sujeto trascendente, y por tal, un despreciado.
[FONT="]El mundo se reduce siempre a formas embrionarias contingentes, que discurren la vida sin más condición que la de la piedra o el avispón.
[FONT="]Esto obliga a replantear la necesidad de nuestra existencia, ¿Somos solo después de despreciarnos a nosotros mismos? ¿Esto da cuenta de nuestro estar-en-el-mundo?
[FONT="]Ciertamente la facultad de despreciar se nos presenta en un primer término como algo indigno, reprobable y potencialmente peligroso, mas siendo esta facultad, independiente de la facultad de decidir, encontramos que en virtud del desprecio, se reformula en todos sus niveles, la existencia.
[FONT="]El desprecio es una grieta sin desagüe, sin posibilidad de escape, a saber, es inconcebible no despreciar a quienes desprecian, si antes no admitimos que es también inconcebible amar lo despreciado, amar el desprecio. O se ama o se odia al ser abominable. No hay opción.
[FONT="]En este sentido, asentimos que todos somos amantes, despreciados o despreciadores. Nunca indiferentes.
[FONT="]El arte del desprecio comulga con el ejercicio más puro de la sinceridad; es imposible concebirse a sí mismo bajo una frazada de falso desprecio, pues en dicho caso no hablaríamos de una facultad de despreciar, sino de mentir, ese intercambio de falsedades, manifiestas con la aleatoriedad del camaleón, se reduciría a la mentira, y en todo caso, no al desprecio.´Todo desprecio es ante todo sincero.
[FONT="]La facultad de aborrecer (o despreciar) se desarrolla en la medida que aprendemos a aborrecernos a nosotros mism[FONT="]os; dicho de otra forma, la capacidad de repulsión, sentimiento indigestante, se favorece cuando nos abrimos paso entre los hombres y regurgitamos y caemos, aceptamos que no hay nada que seamos capaces de aborrecer, más que a nosotros mismos. Y finalmente encontramos, que lo único trascendente in essentia es la relación de equivalencia de una misma repulsión.
[FONT="]Por eso, es preciso frotarse el cebo de los ojos, y repetir la acción cada vez con más frecuencia, de manera que poco a poco ajustemos la vista al grotesco panorama de nuestro ser; pues bien se dice, que las rencillas no han de comenzar sino en uno mismo, el primer despreciado, el primer ser detestable, no responde el muy desgraciado, sino al nombre del “Yo”.
[FONT="]El arte del desprecio, exige al artesano la disposición de un reencuentro con lo inmediato, esto es, un reencuentro consigo mismo, abnegarse en la faena de bicho mordelón.
[FONT="]Conviene en este sentido, ignorar los objetos que se prestan a nuestra suerte y obrar a manera de un fuego impío en nuestra mayor prioridad: Dar cuenta de nuestro Arte.
[FONT="]Todo hombre cuya vocación certera, aparezca peligrosamente vulnerable a la luz del arte, puede considerarse desde ya, un sujeto trascendente, y por tal, un despreciado.
[FONT="]El mundo se reduce siempre a formas embrionarias contingentes, que discurren la vida sin más condición que la de la piedra o el avispón.
[FONT="]Esto obliga a replantear la necesidad de nuestra existencia, ¿Somos solo después de despreciarnos a nosotros mismos? ¿Esto da cuenta de nuestro estar-en-el-mundo?
[FONT="]Ciertamente la facultad de despreciar se nos presenta en un primer término como algo indigno, reprobable y potencialmente peligroso, mas siendo esta facultad, independiente de la facultad de decidir, encontramos que en virtud del desprecio, se reformula en todos sus niveles, la existencia.
[FONT="]El desprecio es una grieta sin desagüe, sin posibilidad de escape, a saber, es inconcebible no despreciar a quienes desprecian, si antes no admitimos que es también inconcebible amar lo despreciado, amar el desprecio. O se ama o se odia al ser abominable. No hay opción.
[FONT="]En este sentido, asentimos que todos somos amantes, despreciados o despreciadores. Nunca indiferentes.
[FONT="]El arte del desprecio comulga con el ejercicio más puro de la sinceridad; es imposible concebirse a sí mismo bajo una frazada de falso desprecio, pues en dicho caso no hablaríamos de una facultad de despreciar, sino de mentir, ese intercambio de falsedades, manifiestas con la aleatoriedad del camaleón, se reduciría a la mentira, y en todo caso, no al desprecio.´Todo desprecio es ante todo sincero.
[FONT="]La facultad de aborrecer (o despreciar) se desarrolla en la medida que aprendemos a aborrecernos a nosotros mism[FONT="]os; dicho de otra forma, la capacidad de repulsión, sentimiento indigestante, se favorece cuando nos abrimos paso entre los hombres y regurgitamos y caemos, aceptamos que no hay nada que seamos capaces de aborrecer, más que a nosotros mismos. Y finalmente encontramos, que lo único trascendente in essentia es la relación de equivalencia de una misma repulsión.
[FONT="]Podre a la sazón.
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