En un hermoso día de Pentecostés, el ángel de luz se columpiaba alegre en el aire cálido; que oboes y tubas henchían de plena atmósfera musical. Sus ojos risueños desprendían magma ardiente de superlativo júbilo divino. Y de su boca de zafiro manaba un idioma críptico. Sólo apto de ser escuchado por aquellos cuya llama espiritual se había posado sobre sus macizas cabezas. En un alarde de ingenio, el alado ser de las alturas celestiales dejó de hacer infantiles cabriolas. Y se posó con sus pies de oro en tierra húmeda. Ahora centelleaba todo su cuerpo con el color púrpura de los misteriosos emperadores. Fue caminando hacia el azul mate de una cascada de vino y miel. Y allí purificó su sándalo aroma. Quedando reconvertido en un bello mancebo; que reía frente al esplendor fragante de una naturaleza que iba a la deriva de una corriente marina verde esmeralda.