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El Ángel

Edouard

Poeta adicto al portal
En un hermoso día de Pentecostés, el ángel de luz se columpiaba alegre en el aire cálido; que oboes y tubas henchían de plena atmósfera musical. Sus ojos risueños desprendían magma ardiente de superlativo júbilo divino. Y de su boca de zafiro manaba un idioma críptico. Sólo apto de ser escuchado por aquellos cuya llama espiritual se había posado sobre sus macizas cabezas. En un alarde de ingenio, el alado ser de las alturas celestiales dejó de hacer infantiles cabriolas. Y se posó con sus pies de oro en tierra húmeda. Ahora centelleaba todo su cuerpo con el color púrpura de los misteriosos emperadores. Fue caminando hacia el azul mate de una cascada de vino y miel. Y allí purificó su sándalo aroma. Quedando reconvertido en un bello mancebo; que reía frente al esplendor fragante de una naturaleza que iba a la deriva de una corriente marina verde esmeralda.
 
homo-adictus, tal soberbio ser alado de las alturas consumía su ocio sagrado. En un día donde la llama divina del Espíritu Santo se posó sobre los elegidos. Para que éstos pudiesen descifrar el mensaje etéreo que tal sublime criatura de los cielos soltaba en desbocada marejada de límpido y tenue significado misterioso. Pero, tras su apaciguador descanso en el aire - a rebosar de tremebunda musicalidad - decidió poner pie firme. Y dirigirse hacia una maravillosa roca, rociada con el ímpetu en cascabel de una líquida miel. Fermentada con el espumoso vino. Para que así, se purificase su aromático e insigne olor angelical. Y se transfigurase en todo un efebo. Que contemplaría impasible cómo la sacra tierra sería tragada por la mar de indumentaria regia y evanescente. Atentamente Edouard.
 
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