Al pie de un roble, un anciano de ojos verdes merienda mientras observa el ocaso de mil voces divinas. Que se difuminan en un horizonte de hierro. Cuando ha terminado de comer, se levanta. Y una lágrima surca su mejilla izquierda y carnosa de una faz apesadumbrada pero estoica. Comienza a caminar por el borde de un río a rebosar de sangre matriarcal. Y su primera tentación es desnudarse y zambullirse en ese devenir de líquido rojizo y espeso. Pero no lo hace. Siente en lo más hondo de su pecho la caricia de una brisa otoñal. Que lo sumerge en una macedonia de sueños juveniles. Eso lo alegra por un instante. Mas se da cuenta que a las afueras de su mente el tiempo corre. Entonces, se para en seco. Y cogiendo con una mano arrugada la bota de vino, se la bebe en salvaje rito espumoso de encendido fuego eterno. Ya puede delirar toda la noche para luego morir en paz.