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El amigo invisible

Sergi Siré

Poeta asiduo al portal
Te cuento que me contó un cuento un vagabundo:

Érase una vez yo y mi amigo invisible.

Cuando lo perdí todo y cuando digo todo me estoy refiriendo a todo lo que un hombre puede considerar suyo, empecé a perder la cabeza. Me sentía tan solo que recurrí a inventarme un amigo imaginario.

El primero de esos amigos que me inventé fue una botella de cerveza. Aquel fue un buen amigo invisible al principio; le saciaba la sed, refrescaba su garganta, le hacía ver las cosas de otra manera, .. Era un amigo que le seguía allá a donde fuera. Un compañero de borracheras y las mejores juergas se las corrió con su amigo invisible la botella de cerveza. Pero un día, después de tanto y tanto beber de ella, tropezó y fue a parar con tan mala suerte sobre la botella. Se clavó los pedazos de cristal y estuvo todo el día sangrnado. Recogió aquellos pedazos de cristal y los tiró a una jardinera de la plaza.

”Traidora, me has estado engañando y cuando has tenido oportunidad me has acuchillado para que sangraran mis heridas”.

Tras esa mala experiencia ingenió un nuevo acompañante. En esta ocasión era uno que no le podía hacer daño jamás: un balón. Era una pelota de cuero que le servía de almohada por las noches, le daba mucho juego y le entretenía. Le ayudaba a olvidar a era mezquina botella de cerveza. Sin embargo, este nuevo amigo, el balón, no era tampoco de fiar. Era buen amigo invisible pero como era esférico se movía a cada momento. Era como si no prestara atención al buen hombre. Cuando estaban sentados los dos en una cuesta, una cuesta arriba, el balón echaba a rodar por la misma y no paraba hasta que alguien lo cogía del suelo. En ese momento, el vagabundo comprendió que nunca podía ser un buen amigo invisible aquel balón. No se trataba más que de un colega al que no le interesaban demasiado sus penas. “Un amigo de verdad sabría escucharme y se interesaría por mis problemas. Eres una simple pelota de cuero a la que no le importan mis penas”.

Cogió el balón y lo chutó lejos de allí.

Pasaron los días y encontró un nuevo amigo invisible: un calcetín. Lo enfundó sobre su mano derecha y se lo llevaba consigo por todas partes. Le hablaba, le hacía cosquillas, le sonreía y podían pasarse las horas jugando. Era suave, cálido y transpirable. Cuando quería se lo cambiaba de mano y el calcetín seguía siendo igualmente amigo suyo. ¡Este si que era un buen amigo invisible!, pensaba el vagabundo.

Una mañana, en cambio, se mostraba preocupado; algo no iba bien. El calcetín estaba siendo un buen amigo porque le escuchaba, le acompañaba y le hacía sentir a gusto. El vagabundo se había dado cuenta de que alguna cosa fallaba.

¡Claro! Dijo el hombre. “Mi amigo invisible tiene un problema. Ya sé que le sucede. Tiene la boca sellada y no puede hablar”.

El vagabundo se había dado cuenta de que su amigo imaginario escuchaba pero no podía hablar ni darle su opinión. Entonces cogió un pedazo de cristal de aquella botella de cerveza que había roto para hacerle un agujero al calcetín.

¡Ahora sí que iba a ser fantástico! El calcetín (perdón, su amigo) podía hablar y discutir además de escuchar al vagabundo. Ahora también podía el calcetín contarle sus problemas.

Desde ese día, por ridícula que te parezca mi historia _me contaba el vagabundo. _ nunca más volví a tener miedo de sentirme solo.
 
Me gustó tu historia, y dile al vagabundo que no me parece ridícula.
A veces uno se siente tan solo que crea todo un mundo dentro de su cabeza, un mundo donde es feliz, un amigo que lo acompaña, pero ceirtamente, a veces ese amigo se vuelve contra uno. Pero siempre es agradable pensar que nos tenemos a nosotros mismos.
Saludos.
Princesa Negra.
 
Princesa negra muchas gracias...se lo dire al vagabundo jejeje

Soñadora, Valenciana. Un abrazo, gracias por seguir ahí a mi lado y enseñandome tanto. Tenemos un dueto pendiente.

Un abrazo.
 
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