La pequeña Carmen pasaba el verano en la casa de campo de sus abuelos, junto a toda la familia. Rodeada de naranjos, palmeras, pinos, limoneros... ¡y un jazminero enorme!
Al atardecer, las sencillas flores blancas despertaban en toda su intensidad aromática y mediterránea. Parece mentira o todo un milagro que algo tan pequeño contenga tanto qué disfrutar.
Así, la entrañable abuelita de Carmen le enseñó cómo hacer un precioso broche, engarzando los jazmines en una aguja grande. un sencillo abalorio que disfrutaba durante toda la tarde sentada tejiendo en la pérgola.
Carmen sabía escoger los mejores, a cierta hora exacta de la tarde: ni apretados los pétalos, ya que no abrirían una vez extraídos de la base; ni los que ya estaban totalmente desperezado, pues pronto se secarían. Los que todavía tenían forma de cáliz blanco eran los buenos.
Así que todas las tardes que podía,adornaba con la humilde joya la blusa de la anciana y una enorme y delicada sonrisa de cariño en su dulce rostro.
Al atardecer, las sencillas flores blancas despertaban en toda su intensidad aromática y mediterránea. Parece mentira o todo un milagro que algo tan pequeño contenga tanto qué disfrutar.
Así, la entrañable abuelita de Carmen le enseñó cómo hacer un precioso broche, engarzando los jazmines en una aguja grande. un sencillo abalorio que disfrutaba durante toda la tarde sentada tejiendo en la pérgola.
Carmen sabía escoger los mejores, a cierta hora exacta de la tarde: ni apretados los pétalos, ya que no abrirían una vez extraídos de la base; ni los que ya estaban totalmente desperezado, pues pronto se secarían. Los que todavía tenían forma de cáliz blanco eran los buenos.
Así que todas las tardes que podía,adornaba con la humilde joya la blusa de la anciana y una enorme y delicada sonrisa de cariño en su dulce rostro.