Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
En una biblioteca de carne
las letras gritan
cuando nadie las lee.
El alfabeto se descuelga del techo
como murciélagos borrachos
que deletrean tu nombre al revés.
Una luna de papel
se arruga en la boca del río,
y los peces —de ojos humanos—
rezan plegarias sin lengua.
En el centro del desierto,
una cama sueña con su dueño.
Las sábanas giran solas,
como si algo invisible tuviera frío.
Una mano escribe en la arena
con tinta de granada abierta:
"la verdad es un espejo
clavado en el pecho de un ciego".
Y luego, el mar
bebe esa frase y escupe relojes
que caminan hacia atrás.
Yo desperté
con una semilla en el pecho.
No sé si era un árbol
o el principio de otro sueño.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
las letras gritan
cuando nadie las lee.
El alfabeto se descuelga del techo
como murciélagos borrachos
que deletrean tu nombre al revés.
Una luna de papel
se arruga en la boca del río,
y los peces —de ojos humanos—
rezan plegarias sin lengua.
En el centro del desierto,
una cama sueña con su dueño.
Las sábanas giran solas,
como si algo invisible tuviera frío.
Una mano escribe en la arena
con tinta de granada abierta:
"la verdad es un espejo
clavado en el pecho de un ciego".
Y luego, el mar
bebe esa frase y escupe relojes
que caminan hacia atrás.
Yo desperté
con una semilla en el pecho.
No sé si era un árbol
o el principio de otro sueño.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados