Luis Elissamburu
Poeta fiel al portal
El lobo y el zorro
se hicieron amigos.
La misma necesidad
unió sus destinos.
Un pequeño basural
los forzó a compartir
la miseria, el abrigo.
Desde entonces,
se los pudo nombrar
por tamaño y aullidos.
La maldad humana
se les hizo quejido.
(Algunas cicatrices
quedaron, para siempre,
en sus largos hocicos).
Heredaron del hambre:
la voracidad, el descaro
y muy pocos remilgos.
La fortaleza, tal vez,
de la lluvia y el frío.
Ese Dios tan sagaz,
que nos guarda
en el triste camino,
los trajo a casa
buscando caricias
y primeros auxilios.
Que se puede hacer
en contra de Aquél
que siempre es Un Niño.
(Cortar mendrugos,
buscar más mantas
y ensayar silbidos).
se hicieron amigos.
La misma necesidad
unió sus destinos.
Un pequeño basural
los forzó a compartir
la miseria, el abrigo.
Desde entonces,
se los pudo nombrar
por tamaño y aullidos.
La maldad humana
se les hizo quejido.
(Algunas cicatrices
quedaron, para siempre,
en sus largos hocicos).
Heredaron del hambre:
la voracidad, el descaro
y muy pocos remilgos.
La fortaleza, tal vez,
de la lluvia y el frío.
Ese Dios tan sagaz,
que nos guarda
en el triste camino,
los trajo a casa
buscando caricias
y primeros auxilios.
Que se puede hacer
en contra de Aquél
que siempre es Un Niño.
(Cortar mendrugos,
buscar más mantas
y ensayar silbidos).
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