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Dormía mal

Asklepios

Incinerando envidias
Dormía mal y apenas recordaba los supuestos sueños que uno, -se dice-, ha de tener durante las noches. Fue así durante muchos años, hasta que se propuso investigar el porqué de todo aquello. Se informó, y leyó todo cuanto pudo al respecto, aunque apenas obtuvo respuestas lo suficientemente satisfactorias. Y cambió de estrategia: Empezó por adquirir una cama de la más alta calidad, con su buen somier y mejor colchón. Se cuidó de comprar conjuntos de cama del mejor hilo egipcio, de raso, e incluso, -por qué no, se dijo- también de seda, que fue intercalando entre las sucesivas noches. Así, tras pasar las primeras semanas, iniciada tan original estrategia, llegó a convencerse de experimentar algunos signos positivos, al recordar breves destellos en su actividad onírica, aunque no existiera conexión alguna entre las escasos datos que llegaba a retener al despertar.

Entonces, sin motivo ni razón alguna, centró su atención en la almohada, y se hizo con la mejor del mercado. A los pocos días advirtió que dormía mucho mejor y que se levantaba significativamente, más descansado. También advirtió que, si dejaba pasar más de dos días sin airearla y sacudirla, si dejaba que se apelmazara y endureciera más de la cuenta, el recuerdo de los sueños mermaba. Así, controlando aquellos pequeños detalles, pudo sentir que empezaba a disfrutar de la nueva situación. Y así fue durante cierto tiempo, hasta que comenzó a sentirse agobiado, por ocuparse de un modo, digamos que obsesivo, de esa parte de la vida tan soñadora y más inconsciente que real.

Entonces, tomó la decisión más importante, y para mejor de toda su vida: Decidió dejar, radicalmente, de beber. Y su vida mejoró, a pesar de seguir sin recordar todo lo que, en teoría, cualquiera puede llegar a soñar.
 
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